Escribo esto para no ahogarme. Escribo esto para no morirme.

Puedes llamarme Amnad, es mi pseudónimo, tengo 22 años, soy estudiante de la Universidad de Granada y poseo una enfermiza tendencia a centrarme en lo positivo, me viene de mi madre. Cuando tengo un día malo, intento recordar todos los días buenos, pero ahora me he encontrado con un grave problema, los días malos superan a los buenos.

Cuando un profesor suelta en clase “es que los moros esos…” intento acordarme de todas esas veces en las que algún profesor no lo dijo (como si eso los convirtiese en héroes), pero tras años, el problema surge: son más los profesores que me han llamado moro que los que no.

Cuando un compañero me dice “moro”, intento acordarme te todas las veces en las que un compañero no lo dijo, pero tras años, el problema surge: son más los compañeros que me han llamado moro que los que no.

Cuando un policía me amenaza (por ejemplo llamándome puto moro de mierda, pidiéndome documentación de manera agresiva y sorprendiéndose, de manera insultante, de que sea español), intento acordarme de las veces que alguno no me amenazo, pero tras años, el problema surge: son más los policías que me han amenazado que los que no.

Cuando hablo de esto, mi respuesta automática es defender mi “españolidad”. Me siento como un niño pequeño al que no le dejan jugar con los demás porque no es un niño grande. Me siento totalmente impotente. Me siento estúpido. Me siento patético. Me siento humillado.

¿Por qué tengo yo que defender mi propia existencia? ¿Por qué, debido a la ignorancia de populacho caucásico que me rodea, se cuestiona mi condición? Quiero explicar que soy español, al igual que mi madre y toda mi familia (a excepción de una tía belga, y un tío francés). Quiero explicarlo, pero sé que es inútil. No son los hechos los que les interesa, les da igual que sea verdad, les da igual la realidad, les da igual si soy español o no. Mi color de piel, mi nombre, les da el poder de no tratarme como a un igual, les da el poder de insultarme y humillarme, y como al niño pequeño al que los mayores pegan y no le dejan jugar, no hay nada que pueda hacer para evitarlo.

Hoy mientras sacaba dinero del banco, detrás de mí había un chico y una chica. Ella le gritaba mientras se reía “tú eres moro, como tú madre (…) a ver, pero en plan que sois moros (…) moro (…) moro (…) moro (…) moro (…) moro”. Él, visiblemente incómodo y con un marcado acento sevillano, intentaba que ella bajase la voz. Ella seguía, y repetía, y lo gritaba, y se reía.

Ahora pienso que le tendría que haber dicho algo, le tendría que haber dicho que ese término es muy ofensivo, pero eso ella ya lo sabía, pero le daba igual. Me podría haber encarado con ella, una mujer blanca, racista, en medio de una calle de granada, ciudad mayoritariamente blanca, y racista, pero no me pareció un buen plan. Me quedé paralizado, enfadado, e impotente.

Me quejo de la palabra, pero no es solo la palabra. No son 4 simples letras, sino lo que estas significan. Significa que cuando se habla de igualdad en clase, se pasa a un simposio de “Feminismo blanco: Solo exigen las mujeres blancas”. Significa que cuando se tratan temas de alguna materia de clase relacionada con personas racializadas, la profesora y los alumnos crean vínculos docente – estudiante, humillando, insultando y haciendo comentarios negativos sobre todas las personas migrantes que no son blancas. (Se reían de los de Egipto, Senegal, Bolivia, pero no de los de Canadá, Alemania, Noruega). Significa que no tengo defensa.

No sé exactamente cómo explicar el horror, el miedo, el cabreo y la malafollá que siento cada vez que escucho esa palabra. Odio esa palabra. Es la peor palabra que me puedo imaginar. Duele, duele como mil puñales.

Duele tanto que un niño de 16 años, por esa palabra, y todo lo que conlleva, llegó a sentarse en el suelo del baño, después de romper las cuchillas de afeitar, llorando, pensando en un motivo para no clavárselas en las muñecas.

Duele tanto, que ese niño, con 18 años, busca en google maneras de suicidarse sin dañar su cuerpo, pensando en su madre, y no queriendo que ella vea signos de dolor en su cuerpo.

Duele tanto, que con 21 años, ese niño, necesita todas las fuerzas del mundo para no volver a caer en ese agujero infinito de mierda donde la única salida a un dolor tan profundo sea la muerte.

Ahora, con 22 años, y hace poco más de un mes que se cumple un año de su último intento de suicidio, ese niño está en la cama, sin poder dormir, sin poder llorar, sin poder respirar, asustado, y está pensando que tal vez, la única forma de acabar con ese dolor sea morir….

Pero tranquilos, por suerte, ese niño ya no es tan niño. Ese niño, lo primero que piensa cuando siente ese penetrante e infinito dolor es en matarse, pero lo segundo en lo que piensa es en vivir. Ese niño lucha constantemente contra ese primer pensamiento, e intenta aferrarse al segundo.

Tengo 22 años, y tengo miedo de vivir. No quiero quedarme en Granada, no puedo soportar tanto odio racista. No quiero volver a mi ciudad, no hay oportunidades de formación, no hay oportunidades laborales, y sobre todo, no puedo soportar tanto odio racista. Tengo miedo de vivir, y la única solución que se me ocurre es dejar de hacerlo.

Intento ver videos en YouTube, algo en Netflix, actuaciones de las galas de OT 2017… intento evadirme, pero no puedo. Hoy, el primer pensamiento está durando más de lo normal. No es la primera vez que me pasa últimamente, y en casos como estos solo puedo esperar. Siento un dolor físico en el pecho que me ahoga, y lo único que puedo hacer, es esperar.

En esa espera, odio mucho. Odio a esos profesores, odio a esos compañeros, odio a esos policías, odio a esa mujer en el cajero, odio y no quiero odiar, por ello pero también mantengo la esperanza, de que tal vez eso no vuelva a pasar, que el karma, el raciocinio o la inspiración divina les ilumine y se acabe esta espiral tóxica.

Espero y espero, y finalmente pasa. Vivo 2 días de perfección hasta que alguien suelta esa palabra de cuatro letras que me vuelve a arrastrar.

 

 

3 Comments
  1. Ánimo compañero! Espero que puedas encontrar en tu ciudad algún grupo de personas racializadas donde puedas compartir estas experiencias y de ahí sacar la fuerza para el día a día. Somos ya muchxs lxs que estamos luchando en contra de este estado racista y colonial, de la supremacía blanca y su odio sistemático, venceremos ya lo verás, pero no podemos prescindir de ti, nuestra (tu) existencia es resistencia. Te mando todo el cariño del mundo. Espero volverte a leer por aquí y saber que esta mierda no ha podido con nosotros.

  2. Busca otras personas. Rodeate die buena gente. La mayoría no son así. Me encantaría poder ayudarte a ver lo bonito que es el camino que te queda por recorrer. Tienes tanto a tu favor. Tu experiencia es valiosa y te hará fuerte y sabio. Pero tienes que salir adelante por ti y por tu familia y por todos los que estás ayudando con este testimonio. Mi experiencia en Madrid es diferente. Contacta conmigo o con alguien que te muestre otras realidades.

  3. Esto significa el capitalismo, el imperialismo y en definitiva la sociedad de clases. Amnad, no sé si leerás los comentarios, pero perteneces al bando de los oprimidos y tienes 2 opciones: dejarte vencer o luchar, no solo por ti, también por los que vendrán detrás, y en esas estamos muchos, en mi caso en una situación más privilegiada que la tuya en el sentido de que no sé ni sabré nunca lo que es sufrir racismo. No sé si sirve de algo, pero tienes que sacar fuerzas y seguir adelante como sea, te necesitamos, aquí quienes sobran son los opresores. Si viviese en Granada sacaría tiempo para apoyarte en lo que pudiese. Sé que eso no cambia la discriminación en situaciones cotidianas, pero llena. Conozco gente de Granada que seguro te apoyaría si tuviese tiempo, si crees que te ayudaría podríamos contactar de algún modo, sino simplemente que tengas presente que eres importante.

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