El disfraz que nos recuerda que somos indígenas

Desfile “Moros y Cristianos” de Granada / Youssef Ouled

Es absolutamente imposible desvincular el odio o el miedo a los musulmanes del racismo contra el no-europeo que data del siglo XVI.

Ramón Grosfoguel, Las múltiples caras de la islamofobia.

 

Es algo mucho más que una simple tradición. Más que folclore popular y celebraciones, o festividades arraigadas, reducirlos a eso invisibiliza una historia colonial, de expulsión, de exterminio físico y cultural, de esclavización, y de un presente “postcolonial” de opresión. De forma conjunta, edifican el racismo estructural que hoy recae sobre los sujetos racializados. Así explica Houria Bouteldja, portavoz del Partido de los Indígenas de la República (PIR), el hecho de definirse en la actualidad como indígenas:

“Vivimos una realidad neocolonial. Somos los hijos de una ilusión que consistió en creer que las independencias de nuestros países significaban el final de la colonización. Y en realidad, se trataba del primer acto de la descolonización. Lo vemos tanto en la metrópolis como en sus relaciones con sus antiguas colonias, la descolonización está sin terminar. Sus bases ideológicas y culturales están vigentes todavía. Entonces seguimos viviendo una fase colonial diferente. Nosotros que vivimos regímenes y sistemas de opresión de diversos tipos, nos reconocemos en esta denominación porque muestra precisamente y de manera cruda a todos los opresores la realidad del estado en el cual nos quieren encerrar”.

Esas bases ideológicas y culturales que edifican el neocolonialismo que cita la autora del reciente libro Los blancos, los judíos y nosotros. Hacia una política del amor revolucionario, son las que me llevan hasta Granada. Aquí como cada 2 de enero se hacen tremolar las banderas de la Ciudad desde el Ayuntamiento, en celebración de la protocolaria entrega de las llaves de la ciudad y el palacio de la Alhambra por parte del entonces sultán de Granada, Abú ‘Abd Allah Muhammad, conocido aquí como Boabdil, hace ya 526 años. Cumpliendo así el Tratado de Granada, firmado con los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón que se hacían con la soberanía del Reino nazarí, comprometiéndose a garantizar una serie de derechos a los musulmanes, lo que presuponía, tolerancia religiosa y una compensación por una rendición incondicional y las capitulaciones. Poco después, en ese año, tendría lugar la expulsión de los judíos, acompañada de una presión sobre los conversos mediante la recien instaurada Inquisición.

Una tradición iniciada hace más de cinco siglos y que la Diputación de Granada, gobernada por el PP, ya intentó convertir en Patrimonio Mundial Inmaterial de la Humanidad de la Unesco. Festividad escaparate de la beligerancia, de la presencia de militares, la xenofobia y el racismo de grupos fascistas que aprovechan la jornada para dar rienda suelta a sus consignas antimigratorias, celebrando la expulsión, exterminio e imposición de la cultura obligatoria, es decir, la aniquilación de las demás culturas. Todo ello bajo la orquilla de “la tolerancia”. Las novedades, por segundo año consecutivo, son la incorporación de la Legión a petición del Mando de Adoctrinamiento y Disciplina (MADOC) y el desfile de Moros y Cristianos procedentes de Zújar, Cúllar Vega y Benemaurel.

Se trata de una celebración institucional y los actos conmemorativos se desarrollan bajo un fuerte dispositivo de seguridad que vela porque no se produzcan incitación al odio, e intentar recuperar el “carácter festivo” de ese día. Ese es el debate que se dibuja en los medios de comunicación, el escenario de disputa entre la izquierda y la derecha, “las dos Españas” sin un cuestionamiento profundo de que son una misma, disputándose unos acontecimientos que supusieron la “práctica de limpieza étnica del territorio andalusí” como explica Ramón Grosfoguel en Los cuatro genocidios/epistemicidios, perpetuada a través del genocidio y el epistemicidio contra musulmanes y judíos, solo posible mediante el genocidio físico, acompañado de la repoblación del terreno a través de lo que se ha denominado el “colonialismo de población” y, de un genocidio cultural contra musulmanes y judíos, debido a que quienes quedaron en la península serían asesinados o forzados a convertirse al cristianismo, designando a los musulmanes como moriscos y a los judíos como marranos. Las capitulaciones nunca se cumplieron. El 2 de enero se hace una lectura de la historia donde se omite e incluso se re-escriben páginas, se manipula.

Este genocidio cultural suponía aniquilar la memoria, el conocimiento y las espiritualidades del Otro, y borrar el rastro musulmán y judío de los descendientes de marranos y moriscos. El discurso de la reconquista de Al-Andalus se afianzó a través de la retórica de la “pureza de sangre” (Grosfoguel, 2014), como distinción que permitía señalar a estos últimos. Vigilados por si su conversión forzosa era solo aparente.

La monarquía cristiana española reconquistó Al-Andalus exterminando y expulsando, al mismo tiempo que “descubría” las Américas y colonizaba a los pueblos indígenas.

Lo que se conmemora en Granada es 1492, año fundacional y crucial para la comprensión del sistema mundo actual, pues la monarquía cristiana española reconquistó Al-Andalus exterminando y expulsando, al mismo tiempo que “descubría” las Américas/Abya Yala y, a través de otro genocidio, colonizaba los pueblos indígenas. Eso significa para las comunidades racializada 1492. Más tarde, el siglo XVI quedaba caracterizado por la persecución dentro la península, de moriscos y marranos hasta su expulsión definitiva en 1609, persecución que también sufrió la población gitana, así como por la esclavitud de los pueblos indígenas y africanos en las Américas como recoge Grosfoguel en Las múltiples caras de la islamofobia. Hoy en Granada se conmemora aquello. Una retórica que cinco siglos después continúa construyendo al moro, al racializado, como el enemigo externo e interno, contribuyendo a fomentar así el discurso islamófobo dominante utilizado dentro del actual contexto “poscolonial”, donde la imposición de estas festividades que vienen a romantizar la historia, con el fin de recordarnos qué somos, quiénes somos, y quienes son ellos. La retórica de los vencedores y los vencidos. Opresores y oprimidos.

El constante reavivar de un espíritu de “reconquista” que hace aflorar el sentimiento de combatir, expulsar y aniquilar a los infieles, como en el siglo XV, XVI o la expulsión definitiva en el XVII. ¿Dónde quedamos los moros que habitamos aquí cuando nuestros propios razonamientos sobre el ultraje de tales construcciones historico-culturales catalogadas y defendidas a capa y espada bajo la justificación de “tradición”, vienen a reproducir un fundamentalismo occidentalocéntrico? Las comunidades afectadas, quedamos humilladas y re-construidas desde esos parámetros, desde una posición, desde un paradigma hegemónico. Y la tradición que se nos imponen abandonar para “asimilarnos” a los valores “universales” (occidentales) se esgrime como defensa de unas prácticas que no hacen más que reproducir lógicas coloniales y como diría Frantz Fanon, esos “valores occidentales” se resumen singularmente en la célebre llamada a la lucha de la “cruz contra la media luna”. Es posible una coexistencia y enriquecimiento de las culturas, pero mediante la exclusión irreversible del estatuto colonial. “El ocupante no entiende. El fin del racismo comienza con una repentina incomprensión”, añadía.

Desfile “Moros y Cristianos” en Granada / Youssef Ouled

Es una historia que se repite en las calles de esta ciudad cada año. Se llama Moros y Cristianos. La historia va de un rey cruzado que llega con su ejército, se detiene ante la fortaleza de un rey árabe y, citándole poemas, lo convence de que abandone. El rey árabe sale de la fortaleza y regresa a su tierra allende los mares, en compañía de sus ejércitos. Luego, el rey cruzado entra en la fortaleza. Y todo en verso. Por la noche, en la playa, hay duelos entre jinetes ataviados con ropas árabes y caballeros vestidos de cruzados. Cada noche vence uno de cada lado. El último día vence el cruzado, y el árabe cae en la arena. El público aplaude un rato antes de que el árabe resucite para saludar. Así es como llega el árabe a la derrota que le tenían reservada para el último día de los festejos. Esta manera de contar la historia me pareció simpática. No se pretende recordar a las nuevas generaciones lo que ocurrió realmente cuando los árabes fueron expulsados de Al-ándalus. La inquisición. Las matanzas. La expulsión colectiva. Esas cosas no sirven para atraer turistas. Todo lo contrario, le imprimirían al festejo un tono dramático inapropiado.

Se trata de un extracto de Diario de un ilegal, donde Rachid Nini narra en primera persona la vida de un migrante marroquí en situación administrativa irregular. Habla de la soledad del exilio, pero también describe la forma en la que la población española y los medios identifican al otro en la década de los noventa, época en la que vivió a lo largo del Levante español. Habla de la estereotipación, la explotación laboral de quienes no disponen de documentos legales, los deshumanizados, la hipersexualización del moro, así como el bombardeo incesante de unos medios al informar sobre las “pateras”. En el párrafo anterior narra su estancia en el desfile de Moros y Cristianos que se celebraba, y se celebra el 1 de octubre en Benidorm, casualmente una parte del recorrido es por el Paseo de Colón, en una conmemoración de la expulsión de los moros romantizada con discursos en verso que destilan amor y paz, donde suenan tambores, chicos y chicas entonan canciones orientales, bellas muchachas visten ropas árabes, haciendo de esclavas castellanas cautivas de los caballeros árabes. El caudillo de los moros era un jinete corpulento con barba de verdad con la cara pintada de negro.

Es la normalización de una cotidianeidad que perpetúa los estereotipos culturales y los aspectos estructurales sobre los que se sustenta hoy una jerarquía racial.

Explica que estando en ese lugar, sintió su presencia una extravagancia, harto de estar pendiente de la policía por si tenía que huir de ahí, decidió marcharse antes de que el festejo acabara. Lamentó no poder disfrutar del hipotético final que ya se imaginaba, el rey de los cruzados junto a su ejército recitaría poemas frente a la fortaleza árabe, de tal forma que el rey árabe respondería con versos preciosos y abandonaría con todos los honores el castillo sin que se derramara ni una sola gota de sangre y así concluye la “Reconquista” de la fortaleza de Benidorm (Alicante) por las tropas cristianas y las huestes moras que se retirarían pacíficamente. “Volví a casa destrozado”, concluye.

Es la normalización de una cotidianeidad que perpetúa los estereotipos culturales y los aspectos estructurales sobre los que se sustenta hoy una jerarquía racial. Josep Luis Santonja Cardona, profesor y director del archivo municipal de Alcoy y autor de La Cabalgata de Reyes Magos de Alcoy; 125 anys d’il·lusió, 1885-2010, explica que la festividad de Moros y Cristianos inspiró a una sociedad filantrópica de 1885 que quiso copiar este modelo y escenificarlo a través de los pajes negros.

Se trata de la otra festividad que nos recuerda que somos indígenas, los pajes de Alcoy, que se ha venido denunciado en las últimas semanas desde Afroféminas, donde se ha señalado el racismo que destila el Blackface por ser una forma de racismo más allá de una representación folclórica de la población africana históricamente esclavizada, celebrada entre otros lugares en esta ciudad alicantina. “Una caricatura de ese otro que no era considerado humano, sino salvaje, exótico, que se admira y a la vez se denigra, ese ser que se hípererotiza y bestializa”, una representación que ultraja a la comunidad afro. Una celebración que “ofende porque estereotipa, ridiculiza, no incluye y falsifica nuestra imagen”, denunció el colectivo en esta otra publicación: “los negros no somos seres de fantasía, los negros tenemos dignidad y estamos aquí para hacernos oír”.

Antumi Toasijé, historiador, politólogo, artista y director del Centro Panafricano desenmascaró la gravedad de este anacronismo racista para que se deje de ridiculizar a los cuerpos negros y se evite transmitir valores racistas a la infancia española. Señala que se trata de un acontecimiento sustentado en la equivalencia entre negros y esclavos, por lo que la tradición de pintarse las caras de negro y hacer burla de las personas esclavizadas o colonizadas, según el historiador, “no es algo que haya nacido en los Minstrels estadounidenses decimonónicos. Mucho antes, en España, ya existían personajes negros sobre los que hiperbolizar la diferencia y la subalternidad para convertirla en una grotesca bufonada”. La representación de Alcoi, continúa, “es una más de tantas y tantas mofas racistas, en una larga tradición de opresión, esclavitud, colonialismo y racismo”.

Katherine Granja desmonta el racismo en el que se sustenta esta conmemoración, una práctica de imperialismo cultural, es decir, la adopción de la cultura dominante (la blanca) como la norma, como lo que se debe seguir cultivando y las festividades que permiten la presentación de un otro a través de falacias históricas, estereotipación e infantilización, la banalización y una construcción que en definitiva permite reforzar el imaginario colectivo de un otro vencido, conquistado, exterminado por peligroso y en última instancia, exterminable. Es lo que contribuye a que sigamos siendo espectadores de nuestra destrucción, como es en el caso de los moros en la festividad de Benidorm, o en el Mediterráneo o en los CIEs, o en la cárcel de Archidona (Málaga), donde ha muerto un hermano argelino el pasado 29 de diciembre, víctima de los mecanismos racistas del Estado-nación moderno español.

¿Cómo reconocerse en una cultura que no solo no te reconoce sino que te aniquila? El racismo deforma y desfigura la fisonomía de la cultura que practica, decía Fanon en 1956. “La literatura, las artes plásticas, las canciones para quinceañeras, los proverbios, las costumbres, las estructuras, ya sea que quieran juzgar o banalizar, restituyen el racismo. Un grupo social, un país, una civilización no pueden ser racistas inconscientemente…”.

 

“Una sociedad es racista o no lo es. No existen diferentes grados del racismo”, Frantz Fanon.

 

Bibliografía:

Afroféminas: “Un BlackFace masivo en Alcoy, ¿puede ser patrimonio inmaterial de la humanidad?”, Afroféminas, 07 de diciembre de 2017: https://afrofeminas.com/2017/12/07/un-blackface-masivo-en-alcoy-puede-ser-patrimonio-inmaterial-de-la-humanidad/
Bouteldja, Houria: La lucha descolonizadora de los «indígenas de la república» en Francia. 21 de octubre de 2009, traducción de Ramón Grosfoguel y Claire Lienart: http://indigenes-republique.fr/houria-bouteldja-la-lucha-descolonizadora-de-los-indigenas-de-la-republica-en-francia/
Fanon, Frantz: “racismo y cultura”, Présence africaine, junio-noviembre de 1956.
Granja, Katherine: “Del Blackface y otros demonios”, Afroféminas, 25 de diciembre de 2017: https://afrofeminas.com/2017/12/25/del-blackface-y-otros-demonios/
Grosfoguel, Ramón: “Los genocidios/epistemicidios del largo siglo XVI y las estructuras fundacionales de la epistemología moderna”, Tabula Rasa. Bogotá, Colombia, No.19, (pp. 31-58), julio-diciembre 2013
Grosfoguel, Ramón: “Las múltiples caras de la islamofobia”, Raíz Diversa, vol. 1, núm. 1, (pp. 83-114) abril-septiembre de 2014.
Nini, Rachid: Diario de un ilegal (2002), Sevilla, Ediciones del oriente y del Mediterráneo.
Toasijé, Antumi: “El blackface de la cabalgata de reyes de Alcoy y el racismo”, 17 de diciembre de 2017, Africanidad: http://www.africanidad.com/2017/12/el-blackface-de-la-cabalgata-de-reyes.html
Trula, Esther Miguel: “Los inciertos orígenes de los pajes de Alcoy, la tradicional cabalgata acusada ahora de ser racista”, 18 de diciembre de 2017, Magnet.Xataca: https://magnet.xataka.com/preguntas-no-tan-frecuentes/los-inciertos-origenes-de-los-pajes-de-alcoy-la-tradicional-cabalgata-acusada-ahora-de-ser-racista
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