Carta a Soufian Hnin y a Mamadou Barry

Menores marroquíes sentados en el rompeolas junto al puerto de Melilla / José Colón/MeMo

Carta a Soufian Hnin encontrado muerto en su habitación del centro de menores en Melilla a principios de año, y a Mamadou Barry, que fallecía después de pasar 20 días en coma a raíz de una paliza recibida en la cárcel de menores, en Melilla también.

“Que injustos son ciertos sujetos privilegiados (¿por qué habremos de recatarnos de llamarlos glotones?) y la mayoría de las instituciones de nuestra sociedad, que exigen florezca el orden allí donde nunca se ha sembrado, o donde al contrario se ha sembrado desorden; qué guadaña tan igual para tan desiguales parcelas. Cuántas veces los más intolerantes son precisamente los responsables económico-político-sociales, de un caos que luego conviene reprimir porque en su momento no ha convenido remediar. Qué diligentes, por ejemplo, para exigir hasta compostura a los jóvenes e indiferentes respecto a su caótico marco social. Y qué derroche de propaganda para esconder tanto engaño.”

Enrique Mtz. Reguera Cachorros de Nadie (2010:43)

 

Hola Soufian y Mamadou,

No me conocéis, dejadme que me presente. Me llamo Ainhoa. La gente de confianza me llama Ainho o Douhaibi, que es mi apellido paterno. No es fácil explicar por qué he decidido escribiros una carta pública, pero creo que tiene que ver con intentar evitar que la rabia generada por todo lo que os ha pasado, lo nuble todo; con que el odio que siembran en estos días algunas voces del aparato de poder del Estado y otros sujetos con incontinencia verborreica, no consigan arrancarnos agencia contestataria desde el lugar donde nosotras decidamos; con que no nos arrebaten la alegría y la humildad rebelde con la que intentamos seguir en una lucha llena de violencias cotidianas. Porque sabemos que ya es bastante difícil que esas violencias no las hagamos nuestras. Poneros a vosotros en el centro, de alguna manera, ayuda en ese ejercicio de equilibrio.

“No es el racista el que me asusta, Dragan, son los otros los que dan miedo. Todos aquellos que saben, ven y callan. Los cómplices silenciosos”

Me acuerdo hace unos años que me pidieron escribir una reseña de un librito que venía en formato epistolar titulado La mancha de la raza, carta a un niño rumano que escribía Marco Aimé. Se trataba de varias cartas dirigidas a un niño llamado Dragan, que bien podrían estar dirigidas también a vosotros. Seguro que os parecieran interesantes. En ella –entre otras cosas- decía el escritor: “No es el racista el que me asusta, Dragan, son los otros los que dan miedo. Todos aquellos que saben, ven y callan. Los cómplices silenciosos”.

El silencio es propenso en las fronteras. Aunque en estos días de ruido mediático parezca que no, se callan más cosas de las que se dicen. El olvido también es propenso. En el Estado español esto se sabe. Si ya es difícil reclamar la memoria de los desaparecidos de sus guerras internas, nos podemos imaginar lo que cuesta asumir la responsabilidad de la desaparición y la muerte del nos-otros. En Europa sucede igual. La amnesia selectiva hace que se recuerde el holocausto judío como el episodio trágico universal por excelencia. Sin embargo, otro Aimé de apellido Césaire, en un ejercicio de reparación de memoria histórica ya se ocupó de dejarnos escrito en 1955, que el “delito” que se le imputaba a Hitler en realidad, era haber aplicado al hombre blanco europeo, “métodos de violencia y muerte reservados a priori para los árabes de Argelia, los coolies de India o los negros de África”. Esto también lo demuestra la amnesia selectiva de los historiadores comunes cuando obvian el genocidio gitano Porrajmos en el episodio del holocausto.

Me acabo de acordar de Yaguine Koita y Fodé Tounkara. Vosotros aun no habíais nacido; estos chavales tenían 14 y 15 años cuando las políticas fronterizas les arrebataron la vida al tener que viajar como polizones en el tren de aterrizaje de un avión que viajaba a Europa. Era 1999 y traían consigo una carta que nunca llegaron a poder leer: “A las excelencias, señores miembros y responsables de Europa. Tenemos el honorable placer y la gran confianza de escribirles esta carta y hablarles del objetivo de nuestro viaje (…) les suplicamos muy, muy fuertemente que nos excusen por atrevernos a escribirles esta carta a ustedes, los grandes personajes a quien debemos mucho respeto”.

A estos señores a los que dirigieron su carta, sabemos bien que jamás les hubiera importado. Sabemos que jamás reconocerían que sus políticas migratorias ni sus relaciones económicas con el país de Yaguine y Fodé pudieran ser causa de sus muertes.  Lo sabemos porque nos lo recuerda lo que ha venido sucediendo en la(s) Frontera(s) Sur desde entonces y en estas últimas semanas.

No sé si estáis viendo lo que está sucediendo en este plano de la tierra posterior a vuestra marcha. Espero de todo corazón que no. Espero de verdad que estéis jugando y descubriendo los recovecos del paraíso; seguro que son hermosos y libres del racismo que campa a sus anchas aquí. Espero que no estéis viendo cómo esta lacra está arrasando con todo lo que puede cual tsunami. En el paraíso no debe de haber racismo. Si no, no sería paraíso.

El hartazgo de esta glotonería racista al que nos estamos viendo sometidas con declaraciones desacomplejadas como el del Consejero de Bienestar, Daniel Ventura que decía: “en este país de al lado, lo que ocurre con sus hijos es para que metieran unos cuantos padres entre rejas (…) es inhumano y bárbaro lo que pasa con estos niños en su país de origen” o “no voy a recibir a los padres del fallecido porque para que vengan a llevarse un cadáver, que hubieran venido antes a por su hijo” demuestra la calidad de soberbia y superioridad con el que juzgan las formas de vida de nos-otros.

“Esa mirada racista y discriminatoria acabará convirtiéndose en su propia jaula”.

Lo que parece que no saben, es que “su verdad”; aquella imagen que tienen del extranjero; de Dragan, o de vosotros, Soufian y Mamadou, no deja de ser una proyección de sus debilidades, de su vileza, de su incapacidad de incluirse en un mundo mucho más grande que sus ideas amuralladas. No saben que en realidad esa mirada racista y discriminatoria acabará convirtiéndose en su propia jaula. Y se creen cuerdos ellos…

A tu familia Soufian, todavía no le han dejado recuperar tu cuerpo para ataviarlo del amor propio de una madre. Tampoco a la familia de Mamadou. Pero no os preocupéis, hay personas que están ocupándose de ello. Espero que esto, no esté dificultando el acceso, Seguro que en el jannah todo funciona mejor y no dejan que lo miserable de la burocracia siga generando dolor y sufrimiento.

Ya sé que esta carta os llega tarde. Aunque estoy segura que el paraíso permitirá la entrada de esta epístola, pues lo único que busca es que llegue el mensaje de que nos quedamos aquí y tomaremos relevo. Y haremos llegar todo el amor que ese maldito lugar llamado frontera os ha arrebatado; que, por arrebatar, os ha quitado hasta la vida. A ti Soufian, a ti Mamadou, y a tantos más. Algunas personas que leen mucho, llaman amor revolucionario o amor decolonial a este amor que os cuento. En realidad, da igual el nombre que le pongamos; yo entiendo que se trata de sembrar resistencia, valentía, reconocimiento, humildad, alegría, posibilidades de agencia, belleza, orgullo negro, y más cosas, entre lxs desheredadxs de la tierra, allá donde los glotones racistas se lo quieren comer todo.

Que la tierra os sea leve.

 

Ainhoa Nadia Douhaibi es Maestra y Educadora Social. Activa en la lucha antirracista, desde hace años denuncia los dispositivos de control social, las herramientas de control racial (#StopProderai) y políticas represivas de control migratorio. Integrante de Stop Deportacion.

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