Sobre la producción cultural colonial: Tiempos de Guerra

Captura de una escena de Tiempos de Guerra, una serie televisiva española de Antena 3

 

“Si no estáis prevenidos ante los medios de comunicación, os harán amar al opresor y odiar al oprimido”, Malcom X, El-Hajj Malik El- Shabazz

 

“Es así como creamos la historia única, mostramos a un pueblo como una cosa, una sola cosa, una y otra vez, hasta que se convierte en eso”, son palabras de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie en una Charla en julio de 2009, coloquio al que denominó “El Peligro de la Historia Única”, en él explica mediante experiencias vitales el peligro que plantea que las personas conozcan solo una historia y que si tú no cuentas la tuya, otro la contará por ti. Esa unicidad del punto de vista se reproduce mediante las producciones culturales, reforzando el relato que contribuye a construir y perpetuar a un Otro salvaje, violento, exterminable.

“Cómo se cuentan, quién las cuenta, cuándo se cuentan, cuántas historias son contadas, depende del poder (…) El poder es la capacidad no sólo de contar la historia del otro, sino de hacer que esa sea la definitiva”, continuaba la nigeriana. Porque son los vencedores quienes escriben la historia y hoy hablamos de la historia colonial de España en Marruecos. Hablamos de Tiempos de Guerra, serie de Antena 3, un intento de romance-suspense que pretende combinar “su” historia con toda una serie de estereotipos negativos hacia el indígena, el rifeño y justificar el imperialismo.

La serie se enmarca en 1921, España es una de las potencias europeas que junto a Francia ha colonizado Marruecos bajo un Protectorado, fórmula empleada por las fuerzas imperialistas para gestionar la administración colonial, a través de un tratado mediante el cual, el país protegido “renuncia” a su soberanía a cambio de conservar frente al protector aspectos particulares de sus instituciones originales así como la idiosincrasia de su gente. Condiciones que como veremos no cumplieron. Exactamente se centra en el período posterior al 22 de julio cuando tuvo lugar la batalla de Annual, conocida en el Estado español como el “Desastre de Annual”, una de las más graves derrotas militares del ejército colonial que le supuso más de diez mil bajas. La trama se centra en unas damas enfermeras, un grupo de mujeres de la burguesía madrileña que bajo liderazgo de la Duquesa de la Victoria acuden por decisión de la reina Victoria Eugenia de Battenberg a Melilla en una misión de ayuda de la Cruz Roja, una vez allí establecen un hospital “para que no se diga que la corona olvida a sus soldados…”, como se reproduce en el propio film.

Tiempos de Guerra: propaganda colonial-racista que construye a un otro con todas las categorías excluyentes con que nos tienen acostumbrados los medios.

Este pretendido romance-suspense se convierte en propaganda colonial-racista que construye a un otro con todas las categorías excluyentes con los que nos tienen acostumbrados los medios de comunicación. La historia se desarrolla en una Melilla asediada por los rifeños que han conseguido expulsar a los españoles de sus tierras, los personajes españoles son presentados como salvadores que se ven obligados a defenderse de unos salvajes que quieren destruir su forma de vida. Estos salvajes son definidos según parámetros coloniales como unos ingratos ante quien les ha traído un modelo civilizatorio, ladrones que no dudan en acorralar a las jóvenes protagonistas en el zoco para robarles, machistas que obligan a las mujeres a “taparse”… en fin, merecedores de su destrucción.

El único moro que es una excepción es Larbi Alhamza, porque él rechaza la resistencia rifeña, no duda en maldecir al líder rifeño que se levantó en armas contra el ocupante, Abdelkrim El Khattabi. “Los rebeldes son el enemigo, como Abdelkrim”, nos explica Alhamza en su primera aparición. Un joven que ve en las potencias europeas una salvación, por eso una de las protagonistas (Magdalena) se enamore de él y lo defienda, “Larbi no ha faltado ni un día a su trabajo, sabe cual es su sitio”, lo que le granjea una mayor aceptación entre los españoles, aunque no deja de ser “un moro que vive en un mundo diferente al nuestro”. Un individuo que está en un lugar que no le corresponde a pesar de que inciden una y otra vez en mostrarnos que “no son todos iguales hay algunos (Larbi) que nos ayudan”, en palabras de la enfermera, de nuevo para defender a su enamorado. Él es diferente, por eso enseña sus primos que no hay que robar, que sino luego dicen que todos los moros roban.

Pero Larbi es de otro mundo, uno que le ha enseñado a decirle a Magdalena que las mujeres no van solas por las calles, uno que le empuja a comprar un velo con el que intenta cubrir la cabeza de su enamorada “ser símbolo de nuestra religión”, le dice. Entonces, nos enteramos que “los rifeños han arrasado con todo”, que las calles están llenas de moros, “unos ingratos, con todo lo que ha hecho España por ellos y mira cómo nos lo pagan”. Suena una voz en off: “Esta guerra no está enseñando a ser valientes, a eso hemos venido al Rif ¿no? A ser valientes ¿Por quién estamos dispuestos a seguir luchando?”. Después de haber visto 12 capítulos me aventuro a responder a esta pregunta, visto que las opciones que ofrecen se basan en falacias y en la unicidad del punto de vista.

En la citada charla, Chimamanda nos habla del poeta palestino Mourid Barghouti, quien escribió que “si se pretende despojar a un pueblo la forma más simple es contar su historia y comenzar con “el segundo lugar”. Si comenzamos la historia con las flechas de los pueblos nativos de EE.UU. y no con la llegada de los ingleses, tendremos una historia totalmente diferente. Si comenzamos la historia con el fracaso del estado africano, y no con la creación colonial del estado africano, tendremos una historia completamente diferente”. Por eso, es necesario contar la historia colonial española cuyos atropellos son la causa de las resistencia de unos cabileños que ven sus tierras ocupadas, saqueadas, bañadas en sangre e incluso bombardeadas con gases químicos para su sometimiento.

“La cuestión marroquí” (como se hace alusión a la colonización de Marruecos por España) es anterior al espacio que se pretender representar Tiempos de Guerra, ya en el siglo XV Pedro Estopiñán conquistaba Melilla, en el XVI el Peñón de Vélez de la Gomera, con la anexión de Portugal al imperio de Felipe II Ceuta sería española, incluso cuando estos imperios se separaron en 1660 (Tratado de Lisboa). En 1673 España se hacía con los islotes de Alhucemas y en 1845 con las Chafarinas. Todas estas posiciones facilitarían una posterior ocupación del continente africano que solo se vería retrasada por el genocidio y colonización de las américas (Abya Yala). Sin embargo, con la pérdida de las últimas colonias en las Antillas y Filipinas a finales del XX ,España (y el resto de las potencias europeas) necesitaban abrir nuevos mercados y obtener recursos nuevos para una expansión comercial y económica exigida por el propio sistema capitalista.

Geógrafos, naturalistas, científicos, economistas, aventureros e intelectuales marcharán en torno a las “sociedades geográficas y colonialistas”. Su labor de exploración iba más allá de incrementar o divulgar informaciones, constituían el marco teórico de la expansión colonial (Antonio Sánchez, 2012). Imperaba la ideas de una supremacía cultural de Occidente, empleadas como retórica para justificar la colonización, que iban desde la exotización de una África en la que la barbarie reinaba, hasta los discursos salvadores frente a un estado del que no podían salir por sí solos.

La guerra contra el moro, permitió unir a una sociedad destrozada, por la herida imperial que les había supuesto la pérdida de las colonias y que todavía hoy arrastran.

La historia colonial española en Marruecos se recrudece tras la “Guerra de África” (octubre 1849-febrero 1850). La derrota le costó a Marruecos millones en concepto de indemnización, quedó sin bienes, sin oro ni plata depreciando su moneda, generando crisis devastadoras para su población. La derrota produjo la desarticulación de la estructura social mediante la imposición de instituciones políticas, administrativas y económicas coloniales. La guerra contra el moro, permitió unir a una sociedad destrozada, por la herida imperial que les había supuesto la pérdida de las colonias y que todavía hoy arrastran. La inestabilidad política y la agitación social quedaban diluidas ante un enemigo común. Imperaban las llamadas a la cruzadas, la necesidad de combatir una raza y una religión diferente, la identidad católica para diferenciarse, el patriotismo desbordaba en todas las manifestaciones culturales. España quería su parte del pastel africano. Gaspar Núñez de Arce, corresponsal de La Iberia y El Constitucional exponía en Recuerdos de la campaña de África que “era preciso conquistar con un golpe atrevido la consideración de Europa, acostumbrada a mirar en nosotros la España de las guerras civiles, de pronunciamientos, de crisis ministeriales, de desgobierno; una España, en fin, pobre, extenuada, falta de aliento, envilecida, incapaz de blandir la antigua espada de sus héroes y turbar con un rasgo de audacia en largo sueño de su gloria” (Antonio Sánchez, 2012). Por su puesto, no faltó el fervor religioso que llamó a combatir al infiel a favor de una labor civilizatoria.

El “pastel” africano quedaba repartido en la Conferencia de Berlín (1884-85), Inglaterra y Francia se ponían de acuerdo sobre el porvenir del continente, a través de líneas rectas que destruyen los lazos culturales, históricos, económicos y sociales de pueblos que habían convivido juntos y ahora eran separados, masacrados y ocupados. Estas potencias europeas determinarían que el 1% sería para España, al tiempo que permitían un trato de favor impuesto a Marruecos por el que los marroquíes que trabajaban para compañías europeas escapaban al poder marroquí en materias administrativas, judiciales y fiscales. La destrucción de la economía marroquí y de su soberanía. Condición impuesta tras ganar España la guerra. Una guerra en la que la falta de condiciones sanitarias adecuadas había hecho que el cólera provocara más bajas que la batalla, antes incluso de salir de Península.

En el 1% se encontraba el norte de Marruecos. La población indígena no lo permitiría y el hostigamiento rifeño a las tropas españolas era continuo, el sultán Muley Hassan castigaba a quienes combatían al ocupante, además de la correspondiente indemnización que vació las arcas marroquíes. Se incrementó el recelo del pueblo al Sultán. Marruecos quedaba sometida a las fuerzas coloniales sin poder responder. Una zona en la que se encontraban ricos yacimientos de mineral, sobre todo en la zona oriental, con un hierro de mayor calidad al de la península que España no tardó en explotar.

En 1912 se firma el Tratado de Fez quedando Marruecos bajo una tutela colonial. Una ocupación para “civilizar”, retórica que también había empleada Francia en Argelia, destruyendo instituciones, economía, estructura social y cultural autóctona. Los poderes quedaban recortados, la administración intervenida, las costumbres despreciadas, las fuerzas armadas controladas por extranjeros, pérdida de representación en el exterior y una reorganización de la justicia, enseñanza y economía. El control de la zona, sin embargo, no se haría efectivo hasta 1927 vencida la resistencia rifeña al entregarse su líder, Abdelkrim El Khattabi, que había unificacado a las diferentes cabilas para luchar por la independencia. El período que va desde 1912 hasta 1927 se muestra en los libros de historia como un período en el que se da un “proceso de pacificación” que nada tiene que ver con la realidad, puesto que estuvo dominado por el belicismo y la destrucción total del indígena.

Para calmar el clamor popular frente a los partes de bajas, siempre se aludía a que la mayoría pertenecían a las tropas indígenas, es decir, moros.

Era una guerra que permitía a las tropas coloniales hacer carrera (es aquí donde escalan quienes posteriormente darán un golpe de estado contra el gobierno de la II República) lo que generó pronunciamientos y protestas en la Península, donde además no se entendía la necesidad de seguir contabilizando bajas españolas en un territorio que apenas reportaba beneficios. Para calmar el clamor popular frente a los partes de bajas, siempre se aludía a que la mayoría pertenecían a las tropas indígenas, es decir, los moros que luchaban en filas españolas a los que se ponía en vanguardia, como carne de cañón. “Las fuerzas de combate han sido en primer lugar las tropas regulares de indígenas y la mehalla jerifiana y, en último término, las tropas del ejército. De aquí que las bajas sean, en su mayoría, indígenas. Son moros a los que se paga por combatir, mandados por oficiales españoles”. ABC, 1 de julio de 1916. Más tarde, podía leerse en el mismo medio en otro enfrentamiento desde el Gobierno se jugó la baza de que la mayoría de las bajas eran moros, 34 muertos y 85 heridos “…todos Regulares, policía y batallón de voluntarios del regimiento de Ceuta”; “nuestras bajas, que aún no conozco con exactitud, no excederán seguramente de 50 de tropas y en su mayoría indígenas”, decía el ABC el 16 de octubre de 1920.

Así llegamos hasta la época en la que se centra la serie de Antena 3. El desastre de Annual. La mayor derrota del ejército español que le supuso, sin contar bajas indígenas, más de diez mil muertos. Sucesos que provocaron un cisma en el gobierno peninsular y una posterior investigación para determinar las responsabilidades que concluía, se habían producido por errores, la inadecuada preparación del ejército y el menosprecio a un enemigo que se había organizado. Cuando parecía que el responsable máximo (Alto Comisionado de España en Marruecos), acudiría a los tribunales, el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, orquesta un golpe de Estado en septiembre de 1923 con el consentimiento de Alfonso XIII, suspendía la constitución, disolviendo el Congreso, partidos políticos “para salvar al país”. La política colonial había determinado el proceder de España.

Tras Annual se proclamaba el nacimiento de la República del Rif, liderada por Abdelkrim. En Tiempos de Guerra, los médicos de Melilla son secuestrados por cabileños para atender a un malherido, que supuestamente es el líder rifeño. Una falacia histórica que muestra a España de nuevo como salvadora. Abdelkrim había nacido en 1882 en Axdir, la capital de la que sería su república, estudió e incluso trabajo para España, muchos fueron los motivos por los que rompió esta relación, el más determinante, la decisión española de subordinar y dominar sin concesiones el Rif dando la espalda a las reivindicaciones de los rifeños.

España no dudó en bombardear con gases químicos a la población civil, hasta su rendición.

La rendición de los cabileños a las fuerzas ocupantes se haría efectiva en mayo de 1926 y solo había sido posible a través de un proceso de recolonización que consistía en la unión de fuerzas entre las potencias colonas. Francia y España llevarían a cabo una operación por tierra, mar y aire movilizando 20.000 soldados y un inmenso arsenal militar. Para ello, España no dudó en bombardear con gases químicos a la población civil, hasta su rendición. En 1924 España se convertía en la primera potencia en rociar con gas mostaza sobre población civil, violando el Protocolo de Ginebra que prohibía el uso de gases asfixiantes tóxicos o similares en la guerra. El gas utilizado se producía en el complejo militar de los Cerros de la Malasoña (Madrid), planta construida en 1923 por Alfonso XIII para la elaboración de estas sustancias, con el apoyo de la inteligencia alemana y francesa. Sebastian Balfour detalla en Deadly Embrace (Abrazo mortal) que estas bombas se habían empleado de forma masiva entre 1924 y 1925 en zocos y poblados. El historiador explicaba que se aludió por parte de España a que “no era lo mismo utilizar armas químicas sobre pueblos civilizados que sobre pueblos incivilizados”. Por su parte, la periodista e historiadora Mª Rosa de Madariaga explica que la primera vez que se usaron los gases tóxicos fue el 5 de junio de 1923, y que duraron hasta 1927.

En Tiempos de Guerra aparece citado el diario El Imparcial, sin embargo no aparece el Heraldo de Madrid que en un artículo del 20 de diciembre de 1921 narraba cómo las tropas españolas bombardearon a los moros, sembrando el terror y la confusión, “estos bombardeos deben seguir sin interrupción y con la máxima intensidad […] no nos cansaremos de repetirlo, las fuerzas coloniales deben hacerse a base de emplear aquellos medios ofensivos de que el enemigo no puede disponer; de algo ha de servir la superioridad de civilización y recursos. El aeroplano es un arma terrorífica. No solo por el daño material que causa, sino por el efecto moral que produce”. Y no se cansaron de pedir e insistir, tan solo tres días después que era preciso dotar al ejército “del material de guerra más moderno […] aeroplanos, gases asfixiantes y tubos lanzaminas y cuantos más medios ofensivos ha inventado la ciencia para destruir y atemorizar al enemigo. Y no se hable de crueldades excesivas. En la guerra no hay excesivo. La crueldad y la brutalidad están en la guerra misma, pero aceptado el hecho cruel de la guerra, hay que aceptarlo en todas sus consecuencias. No vemos por qué haya de ser más cruel matar a un hombre envolviendolo en una nube de gases asfixiantes que destrozándole el cuerpo con una granada” (María Rosa de Madariaga, 2002).

Nada de lo contado en estas líneas aparece en la romantización del colonialismo hecho serie televisiva con la que se busca presentar “su” historia colonial y perpetuar el imaginario sobre un Otro en un momento, el actual, de protestas sociales en Marruecos. No es casualidad que pongan a trabajar para reforzar el imaginario del moro salvaje, como hemos expuesto, hace un siglo lo hicieron para justificar la masacre de población civil, para “civilizar a los incivilizados”.

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