Racismo científico: Determinismo biológico y darwinismo social

Cartel de un minstrelsy, género teatral musical estadounidense donde se interpretaba e imitaba a negros, de forma cómica y desde la superioridad blanca

“No ver el color es una gran comodidad. Nosotros no lo vemos, lo sufrimos”,

Houria Bouteldja

 

El racismo es intrínseco en la construcción y jerarquización de la sociedad actual. Impregna todos los ámbitos de la realidad, y lo encontramos en el ámbito institucional, social, cultural, económico, etcétera. Es fácilmente observable en nuestra cotidianidad con elementos como la teoría del choque de las civilizaciones, las leyes de extranjería, la crítica a los usos y tradiciones de grupos étnicos no blancos, la impunidad de las autoridades en el abuso a personas racializadas y otros muchos ejemplos.

Hay, en específico, un tipo de racismo arraigado y omnipresente que quizá no reciba toda la crítica que merece: el racismo biológico. El racismo biológico es aquel que mediante un enfoque pseudocientífico considera a las personas racializadas genéticamente menos evolucionadas que las personas blancas.

No son pocas las veces que se insulta a personas racializadas usando términos como mono, simio, gorila y similares. Un ejemplo reciente es cómo en 2017 el futbolista brasileño Everton Luiz tuvo que abandonar el campo de juego en pleno partido debido a que parte del público le gritaba “mono, gorila” e insultos similares.

Se atribuyen unas cualidades físicas salvajes tales como la agresividad, la violencia, o la suciedad a las personas racializadas. Se observa en estereotipos como el de hombre negro/magrebí agresivo, violento, peligroso con pocas aptitudes intelectuales, en la retratación de las mujeres negras como agresivas en los medios de comunicación, fenómeno conocido como “angry black woman syndrome”.

Se observa también con opiniones respecto a las altas tasas de abandono escolar en niños y niñas de familias migrantes, se cuestionan sus capacidades intelectuales a través del prisma racista. Se cuestiona la inteligencia y las capacidades psíquicas de los niños y niñas racializadas ya que, indirectamente, no se les considera lo suficientemente capacitados, o menos que los niños blancos. Muchas veces se achaca a un factor intrínseco en la etnia de la estudiante, a pesar de que la psicología social ya ha demostrado que son factores tales como la economía, el estatus social, el contexto familiar y cultural los que influyen en la educación del niño.

Objetivo: bestialización y deshumanización de la persona racializada en comparación al sujeto blanco.

El espectro de insultos y estereotipos peyorativos usados contra personas racializadas es amplísimo, pero todos tienen el mismo trasfondo y sobretodo el mismo objetivo: la bestialización y la deshumanización de la persona racializada en comparación al sujeto blanco.

Esto no es más que la punta del iceberg, no es más que la manifestación superficial de un sistema ideológico social legitimado por todo tipo de teorías creadas desde el prisma de la supremacía blanca.

¿Cuál es la raíz de esto? Uno de los elementos que son el colchón ideológico del racismo es la ciencia. La ciencia no es neutra. La ciencia es política, es además, voz de autoridad y como tal se pone al servicio de intereses. A lo largo de la historia, ciencias como la  biología y la medicina se han usado para legitimar, justificar y defender intereses racistas, imperialistas y colonialistas.

A finales del siglo XIX, en el auge de la revolución científica, surgieron una serie de ideas que en su conjunto se conocen como  “racismo científico” o “racialismo”, todas ellas son teorías pseudocientíficas que defienden un supuesta jerarquización racial evolutiva de los seres humanos y cuyo fin fue la justificación de la supremacía del hombre blanco respecto al resto de seres humanos, entre ellas el darwinismo social, ligado al determinismo genético y del cual parte el discurso de la eugenesia racial.

El racialismo se creó para legitimar el imperialismo, el colonialismo europeo, y el genocidio de los pueblos indígenas. Actualmente sus teorías siguen parcialmente aceptadas por la sociedad a pesar de ser científicamente inválidas.

El darwinismo social, es la extrapolación de las teorías de Darwin sobre la selección natural y la evolución de especies a los humanos. Esta ideología sostiene que la especie humana se divide en razas que entre ellas compiten para poder alcanzar el perfeccionamiento de la especie. El desarrollo y la supremacía de una raza se deben a que ésta es evolutivamente mejor, y esto hace que el resto sean inferiores. Se posiciona a todo ser humano no blanco como aquel en proceso de evolución hacia la blanquitud, y por ende inferior. El darwinismo social se usó como justificación del imperialismo, el colonialismo europeo y el genocidio de los pueblos no blancos, ya que se consideró al hombre blanco como la cúspide evolutiva, más racional y humano y con derecho legítimo el saqueo y masacre del otro.

El determinismo genético está estrechamente ligado al darwinismo social, esta teoría defiende que cada rasgo de conducta tiene irrevocablemente una correlación genética, componente genético que se liga a la raza. Desde el determinismo genético es de donde se hacen relaciones hacia cualidades negativas a las personas racializadas en conjunto, negando la individualidad de la persona. El determinismo genético se usa para achacar determinadas conductas a grupos étnicos al completo al considerarlas biológicamente intrínsecas a la raza.

Finalmente, el discurso de la eugenesia racial, que se discute bastante últimamente, se sostiene con las teorías previamente mencionadas. Argumentos tales como la sobrepoblación del sur global o la escasez de recursos debido a esta son discurso de eugenesia racial que criminalizan a las personas racializadas y aleja el foco de atención crítica del verdadero problema sobre la desigualdad en el reparto de recursos el: capitalismo y racismo.

Todas estas teorías intentaron demostrarse sin éxito, fueron aceptadas sin evidencia alguna ya que ninguno de los estudios que se hizo para corroborar las hipótesis, como la medición craneal, llegaron a resultados concluyentes.

A pesar de que actualmente estas ideas ya sean desacreditadas por la ciencia contemporánea, siguen vigentes socialmente, contribuyen en la defensa de la supremacía blanca y la persistencia del racismo científico.

¿Cuán cierto es esto? ¿Podemos clasificar la especie humana en razas usando como criterio un fundamento genético? No, la jerarquización social en razas no es extrapolable a la genética humana.  

Antes de nada, hay que enfatizar que el concepto “raza humanas” no tiene absolutamente ningún tipo de validez científica desde la biología evolutiva y la genética molecular, es un concepto sociocultural. Los rasgos adaptativos, como el color de la piel o la textura del pelo se han usado con frecuencia para definir las razas, pero tales rasgos de adaptación reflejan el factor ambiental subyacente al que son adaptativos y no la diferenciación genética general, y los diferentes rasgos adaptativos definen grupos discordantes. No hay criterios objetivos para elegir un rasgo adaptativo sobre otro para definir la raza. Como consecuencia, los rasgos de adaptación no definen las razas en los humanos. Los humanos tienen mucha diversidad genética, pero la gran mayoría de esta diversidad refleja la singularidad individual y no la raza.

Las frecuencias de los alelos genéticos varían en el espacio geográfico de los humanos. Aunque las diferencias en las frecuencias de los alelos son generalmente muy modestas para cualquier gen, actualmente es posible con la tecnología genética para el estudio del DNA, inferir la ascendencia geográfica de los individuos anotando grandes cantidades de genes. Es esta tecnología genética la que es usada en los estudios de ancestros para conocer la genealogía geográfica de una persona, se usan atribuciones de la distribución de las frecuencias alélicas ligadas a zonas geográficas a las que históricamente atribuimos la presencia y migración de un determinado pueblo o etnia.

Sin embargo, esto no determina jerarquización genética alguna, ya que, como se menciona previamente, se debe a factores externos y la singularidad genética individual prima sobre la grupal.

La negación de la existencia de las razas a nivel social no es más que una manifestación de privilegio y supone invisibilizar la estructura racista.

Esto no es una negación de la existencia de las razas humanas a nivel social, omitir eso no es más que una manifestación de privilegio y supone invisibilizar la estructura racista y  su violencia, sufrida por millones de personas a diario. El concepto de raza es un constructo sociocultural que se usa para mantener la brecha social que supone. Sin embargo, desde el punto de vista científico no es válido.

A pesar de que estas teorías racistas están desacreditadas, el racismo científico persiste: aceptado socialmente, en libros de texto, en el uso de armas biológicas y químicas, en las consecuencias patológicas del uso de estas armas y un amplísimo historial racista.

La lucha antirracista debe pasar por la revisión de la ciencia y el enfoque que se le da a ésta, la crítica a autores que tergiversan los estudios y combatir la desinformación científica que permite que estos discursos sean aceptados como veraces.

 

*Todos los datos y evidencias científicas aquí expuestas están actualizadas y desarrolladas en respectivos estudios de investigación biomédica a los que se puede acceder a través de la Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos.

Bibliografía

  • Templeton, Alan R. “Biological Races in Humans.” Studies in history and philosophy of biological and biomedical sciences 44.3 (2013): 262–271. PMC.
  • Baker, Jennifer L., Charles N. Rotimi, and Daniel Shriner. “Human Ancestry Correlates with Language and Reveals That Race Is Not an Objective Genomic Classifier.” Scientific Reports 7 (2017): 1572. PMC.
  • Maglo, Koffi N., Tesfaye B. Mersha, and Lisa J. Martin. “Population Genomics and the Statistical Values of Race: An Interdisciplinary Perspective on the Biological Classification of Human Populations and Implications for Clinical Genetic Epidemiological Research.” Frontiers in Genetics 7 (2016): 22. PMC.
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