El buen inmigrante

Mamoudu Gassama (22 años) es un buen inmigrante. Eso es lo que sacamos en claro con la historia de este joven maliense que hace menos de un año se jugó la vida como miles atravesando África para salir de Libia en una embarcación hasta la costa italiana, y luego, a Francia. Donde ha sido convertido en héroe tras trepar la fachada de una vivienda para salvar la vida a un niño de cuatro años que colgaba suspendido de una mano del balcón de un cuarto piso. Gesto altruista que aplaudimos fervientemente.

Lo que no aplaudimos ni nos tragamos es el buenismo y la hipocresía de Europa. Decía que es un buen inmigrante porque así lo han definido los mandatarios franceses, lo que automáticamente genera la idea del mal inmigrante. En este caso en concreto, aquel que no se juega la vida para salvar a un ciudadano europeo, sino para salvar la suya esquivando la maquinaria europea hecha para que no llegue, para su aniquilación. El presidente francés, Emmanuel Macron, no ha dudado en concederle la nacionalidad ante las peticiones de una bienintencionada ciudadanía de la República.

“El buen inmigrante merece ser reconocido como persona solo si trepa, no para salvar su vida, sino la de la ciudadanía europea”.

Unos meses atrás Gassama dejaba una Libia a quien la Unión Europea entrega millones de euros para externalizar sus fronteras. El país norteafricano es hoy un territorio donde se encierra y condena a las personas migrantes y refugiadas a sufrir torturas, abusos sexuales y ser vendidos como mercancía. Lo que remite a las palabras de Macron en noviembre del año pasado, en respuesta a una mujer marroquí que se encontraba pidiendo asilo en suelo galo: “Francia es un país generoso, pero no puede acoger a toda la miseria del mundo”.

El presidente es conocido no solo por su hipocresía, también por su sinceridad, durante la cumbre del G20 en julio de 2017 respondió a un periodista sobre la forma en la que se podía salvar a África, “El desafío de África es diferente, es mucho más profundo, es civilizacional”, no contento añadía: “Cuando los países siguen teniendo de siete a ocho hijos por mujer, puedes decidirte a gastar miles de millones de euros, pero no estabilizarás nada”. El control de las natalidades y el cuerpo de las mujeres de una África homogeneizada en una frase, también un proceso civilizatorio blanco de un país enriquecido durante siglos por un pasado colonial. Unos meses después diría sobre el colonialismo francés, en una visita a Burkina Faso, ciudad natal de Thomas Sankara (diciembre de 1949-octubre de 1987), líder revolucionario anti imperial y anti colonial asesinado por Francia, que “nuestra responsabilidad no es permanecer en este pasado”. A pesar de que el 50% de las reservas de los países africanos tienen que estar por obligación en el Banco de Francia.

¿Qué es un buen inmigrante?

Lo que señalan Macron y la bienintencionada ciudadanía europea es que el derecho a tener derecho se gana. Si has nacido en el sur global para tener una tarjeta de residencia, derecho a trabajar o atención sanitaria, tienes que merecerlo. El país de la declaración de los Derechos del Hombre y de los Ciudadanos nos vuelve a recordar, quiénes son esos hombres y quiénes son sus ciudadanos. Ellos nacen con esos derechos bajo del brazo. Qué mayor ejemplo de supremacía blanca. Gassama se ha convertido en el arma de doble filo de una Europa que define al ciudadano europeo como aquel con valores superiores y aprecio la vida, por eso y solo eso, merece ser reconocido como uno más. El racismo institucional se encargará de demostrar lo contrario. Pero a su vez, es un arma que les permite señalar como lo opuesto al resto de inmigrantes, que carecen de derechos, porque no se los han ganado.

Entonces, el buen inmigrante merece ser reconocido como persona solo si trepa, no para salvar su vida, sino la de la ciudadanía europea. En breve, nos dirán que el buen inmigrante no salta vallas, ni deja jirones de su piel colgada en concertinas. El buen inmigrante es sometido a una devolución en caliente por la policía y entiende que esta ilegalidad es necesaria. Es ese que no hace desperdiciar bolas de goma a la Guardia Civil para recibirle en Tarajal. El buen inmigrante no pide asilo en Europa porque esté perseguido por un régimen dictatorial (como los hay apoyados por países europeos), tampoco huye de la guerra, se queda paciente a esperar su final. El buen inmigrante no hace ruido, queda en silencio, aguantando la explotación laboral a la que le someten bienintencionados empresarios europeos gracias a la Ley de Extranjería. El buen inmigrante no denuncia la violencia sexual y no es porque su situación administrativa se lo impida. El buen inmigrante entiende que al llegar en patera tiene que quedarse en un Centro de Internamiento de Extranjeros. Que si la policía le para es porque se mueven por la experiencia, que él tiene que demostrar que es inocente y no ellos, que ha cometido un delito. El buen inmigrante aguanta maltratos y torturas en el CIE, privaciones de derechos, violaciones a las internas. El buen inmigrante se deja deportar por el bien del orden de la supremacía blanca. Nos dirán que el buen inmigrante acata la ley, aunque la ley está hecha contra él y contra ella. Porque el buen inmigrante no es aquel que lucha por sobrevivir, en contra de un sistema injusto, nos dirán que es aquel que comete actos puntuales que determinarán su derecho a vivir con una dignidad que le ha sido robada.

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