Otro día en que el sueño colonial explota en tu cara

Me desperté y me puse a ordenar la casita. A veces la abandono, otras la detesto. Es un lindo departamento, grande de maderas crujientes. En una esquina de Ciutat Vella,  en un pasaje angosto tiene a su vecindario atento a lo que harán con el solar de la esquina. ¿otro parking? ¿viviendas sociales? ¿un gran hotel? En frente veo a una mujer mexicana cambiando las sábanas y a los pocos minutos una pareja de jóvenes franceses sacando fotos con iPhone por la ventana. La gentrificación tiene la misma lógica colonial, algunas limpiamos, huimos del castigo de la ley, rogamos a la pachamama que no nos multen, que el dueño no nos eche, las vecinas no nos denuncien, mientras otros pasean, cruzan fronteras, gastan dinero, exigen mejoras y te califican. Esa diferencias tiene color en la piel, acento en la voz, y cantidades en los bolsillos.

Voy a admitirlo, en casa tengo alemanes turisteando en la habitación contigua para llegar al alquiler mensual. La convivencia con los alemanes que duermen del otro lado de la pared, me lleva a encerrarme en mi pequeño cubículo sin querer cruzármelos, amaría poder vivir tranquilas con mi novia, pero no hay alquileres a nuestra altura en la ciudad. Entonces, abandono la cocina, abandono el baño que compartimos, largo una puteada cuando me encuentro un calzón usado sobre el inodoro, y me quedo acostada entre la acumulación de envases de agua, Coca Cola, Yogurt, Dannet en el dormitorio. Aquí usan más plástico que en cualquier lado que he visto. Pakashing de todo tipo, hasta los mangos vienen envueltos en tres paquetes, bolsa, una maya cobertera, separador y una etiqueta que dice Premiun. Supongo que ese es uno de los signos más contundentes de vivir en el centro occidental. Los huéspedes que llegaron ayer además rompieron el ascensor y la vecina del cuarto tuvo que subir por escalera con el chango de la compra y sus tetas enormes caídas. Debería llevarle algún regalo por las molestias ocasionadas si es que no me manda al ayuntamiento.

Esta mañana cuando pegaba una barrida, la vecina de enfrente me grita. “¿Tú escuchas radio desde las 7 am?” Ja! Como si pudiera darme ese lujo, mira que voy a escuchar radio española a las 7 am a todo volumen con lo que me gusta el silencio del despertar. Le digo no, claro que no. Es obvio que es la vecina de arriba que está sorda. Siendo las 10 am, recién abriendo los ojos y con el cogote asomado por la ventana, me dice: “pues, te han tirado huevos”. Y ahí noto que en mi ventana del escritorio, en la que me siento cada día, tiene estampado un huevazo contra el vidrio. La vecina, del otro lado de la calle explica: “son los moros”. “son los ocupas moros” Pero lo dice con gestos, porque la palabra “moros” es incorrecta y lo sabe, porque aquí nunca son racistas, nunca. Entonces, moros con mímica.

“La gentrificación tiene la misma lógica colonial, algunas limpiamos, huimos del castigo de la ley, rogamos a la pachamama que no nos multen, que el dueño no nos eche, mientras otros pasean, cruzan fronteras, gastan dinero, exigen mejoras y te califican.”

La señora de arriba, que es la de la radio y la tv a todo volumen con ventanas abiertas, cuelga las bragas enormes con el pudor blanqueador. Esta mañana nos deleita con unos cd que repiten Leonardo Favio. La doña tararea Ella ya me olvidó, yo la recuerdo ahora, entonces aprovecho para gritarle por arriba de la melodía, si a ella también le han tirado huevos. Me dice no. ¡Son los grafiteros inmundos que rompen y ensucian todo! Moros y grafiteros, los señalados. Limpié el huevazo, dejé las cáscaras en la maceta de la Violeta de los Alpes seca, como si de allí algo bueno pueda renacer.

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