Pero no soy racista

Metro de Barcelona / M. P.

Los últimos días de verano, en la estación Arco de Triunfo, con mi pareja, tomamos el tren vía Massanet-Massanas​ y bajamos en alguna de las playas más allá de Badalona. La que más nos gusta es Sant Pol y lo hacemos como dos señoras lesbianas con todo el folclore.

Llevamos sombrilla, heladera, bebidas frías, ensaladas, la lona, las gorras, el parlante para escuchar cumbia, gafitas de agua y no llevamos el flamenco rosa inflable porque aún no lo tenemos. Pero llegará el día.

En Sant Pol somos vistosas, ya conocemos a la gente del bar que nos sirve como buen ritual de atardecer unas birritas de despedida. En general, hay poca gente y dos gorditas en tetas que se besan, no pasan desapercibidas, pero la gente disimula. Excepto uno, que una vez nos hizo saber que le molestábamos. Tatuado de pies a cabeza, con los brazos torneados, vociferó al cielo una maldición porque le interrumpíamos la vista al horizonte. Se paró de su manta, la sacudió, se nos acercó con ira pero siguió de largo para recostarse delante nuestro. Su novia lo besó hasta que decidió marcharse con su violencia a otra playa, o quizá a su casa a descargarla en privado. Quién sabe. De cualquier manera, nosotras seguimos divirtiéndonos flotando por el mediterráneo y esquivando aguas vivas.

En el ocaso, nos tomamos la cañita de siempre y corrimos a la estación para no perder el último tren. Llegamos justo, con la lengua afuera, subimos sin picar el ticket. O sea que además de lesbiana y mujer bajamos un escalón más en la jerarquía de opresiones. Inauguro mi nueva opresión incómoda, la de migrante, y eso que hablo castellano y vengo de un país bastante blanqueado. En ese tren se me agregaba por el trayecto de 40 minutos una nueva identidad: la de delincuente.

A esas horas, yo no se si por el verano o porque había fiestas, el tren estaba plagado de adolescentes. Unas muchachas de pelo lacio se peinan la cabellera y se toman selfies con besos a la cámara, otro grupo de catalanes se ríe con unos videos, suben, bajan, corretean, se miran entre sí, cierran y abren las puertas del vagón, se asoman a la puerta y llaman a sus amigos que entran corriendo y un sinfín de escenas de entretenimiento. La adolescencia les tiene inquietes. De un momento a otro, en esa pequeña fiesta sobre rieles, una señora se acerca a la puerta y empuja a un chico de la camiseta hacia adentro. Y lo espeta: “¿Adentro o afuera? ¿Uds. que se creen?” Y empieza a gritar, “¡Voy a llamar a la policía! ¡Acá la gente trabaja!” Y el chico sorprendido lo mira con cara de ternero asustado. Se sienta. Y ella sigue, “¡Policía! ¡POLICIA!”.

El chico y sus amigos se le ríen en la cara y hablan entre ellos algo que la mujer no puede comprender. Los agentes de seguridad de Renfe vienen con la autoridad de los ojos azules y nosotras temblamos de miedo con egoísmo por nuestro pequeño delito. La mujer les dice con tono bien alto, como si representara al conjunto de un pueblo silencioso: “¡Por estos chicos no se puede viajar tranquila! ¿que no me entienden lo que digo? ¿No hablan castellano? ¡Pues porque no se vuelven a su país!  ¡vuélvanse a su país!”. Y mira al policía con un poquito de remordimiento: “Yo no soy racista señor”. Y el segurata, mirando con odio a los jóvenes revoltosos, “por supuesto, señora”.

Magdalena De Santo

Magda De Santo es escritora compulsiva. Se dedica a la dramaturgia, periodismo, no ficción y ficcion social. Es licenciada en filosofía, egresada del Programa de Estudios Independiente del Museo de Arte Contemporaneo de Barcelona, artista, performer, activista, lesbiana, feminista, migrante anti colonial.

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