La buena conciencia blanca

“Todos ustedes tienen esa cara de inocencia. Ahí reside su última victoria, haber logrado exonerarse de toda culpa. Y esa victoria llega a ser sublime en el momento en el que, volviendo su mirada hacia nosotros, nos ven interrogar-nos e interrogar a nuestros hermanos, sobre nuestra culpa.” Houria Bouteldja.

 

A cada acto de solidaridad nos quitamos nuestros bozales, cual perro que ladra, solo se escucha el ladrido. La rabia acumulada se manifiesta. Explota. La buena conciencia blanca nos mata. Porque es esta misma la que nos hizo adherirnos al proyecto de la Modernidad. Fue esta conciencia la que nos hizo defender la blanquitud. Fue, precisamente, la buena conciencia blanca que nos anuló. Y no sabíamos que éramos títeres.

No, no nos pasamos a las filas de la derecha. Ni siquiera a las de la socialdemocracia. Eso sería muy evidente. Nos gustaba, nos gusta (ya no vale fingir), ir de radicales. Primero tanteamos el terreno del comunismo. Pero estos nos odiaban. Así que preferimos llamarnos anticapitalistas. Porque teníamos algo de orgullo. Nos miramos de reojo al anarquismo, al fin y al cabo, también fueron renegados por la intelectualidad izquierdista.

Pero en cada movimiento de acercamiento la incomodidad se hacía patente. Antes del antirracismo, pasamos por el feminismo que tuvo el valor de ilustrarnos en nuestro error. Somos indígenas, herederos de las colonias. No de su belleza. No de su valor. Sino de su maldita condición de indígenas, como afirma Bouteldja.

El feminismo vio nuestro error. Y quiso hacérnoslo pagar caro. Demasiado caro. Ahora lo entiendo. El odio que nos insufla no es nada personal. No pueden evitarlo. Es como el colonizado que debe ir a la metrópoli a desangrarse. Y algunos se ríen por vendernos a nuestro a opresor. Es inevitable. Las estructuras de poder tienen el peso de la historia. Es como aquella piedra que por mucho que el río la golpeé esta nunca desaparece. Cambia de forma. Se transforma. Pero se mantiene incluso con los golpes.

El feminismo quiso hacérnoslo pagar con el precio de la sangre. Ya el comunismo casi lo intentó. Pero su arrogancia nos salvó. Total “es el opio del pueblo” dicen. Sin saber a qué se refería Marx. Pero de estupefacientes saben un rato… Y pretenden hacer la revolución.

“Una piel que aterroriza a las pobres criaturas blancas que se encogen cuando toma conciencia política antirracista”

Y cuando ya no pudimos más. Cuando lo perdimos casi todo, tuvimos la gran suerte de verlo. No todxs. De hecho una minoría. La mayoría se quedaron en el camino. Mutilados. Fragmentados. Con la buena conciencia blanca de escudo. Que es poderosa. No lo niego.

Pero dejaron de ser. Son solo máscaras sobre pieles demacradas. Algunos decidimos quitarnos la máscara. Dejando a la vista una piel horrible que nos señala. Una piel que aterroriza a las pobres criaturas blancas que se encogen cuando toma conciencia política antirracista. La máscara, por muy bonita que fuese, por muy bellas y exóticas que nos hiciese, nunca acabó de encajar.

Nos lo pueden echar en cara. Cada uno de nuestros tanteos con la blanquitud. Fuimos traidoras. A veces incluso a conciencia. Sin embargo, ser desposeídos de nuestra humanidad es doloroso. Y esa traición la hicimos con la esperanza de recuperar nuestra humanidad arrebatada. Somos humanos, ergo somos buenos. Esa era la lógica. Nosotros alteramos el orden para encajar en la ecuación. Somos buenos, ergo somos humanos. Ni lo uno ni lo otro. ¿Acaso vamos a ganar en un juego donde está creado para que perdamos? “Nuestras victorias son vuestras derrotas” nos recuerda Bouteldja. Annual, el Canal de Suez, las guerras de independencia…

Otros tantos quedaron arrodillados de por mi vida. Pidiendo perdón por un crimen que no les pertenece. Como los palestinos que deben alegar no ser antisemitas ante el mundo. Léase ante Occidente. Amo y dueño del mundo. Cruel ironía. Artífices del antisemitismo y el sionismo.

“La lucha comienza recuperando nuestros ancestros. Profanados por el colonialismo. Rechazados por la colonialidad”

Aun así seguiremos cediendo a vuestra buena conciencia. Solo a veces. Y por razones diversas. A veces por reminiscencias. Otras por pura supervivencia. No se puede sobrevivir a un entorno tan hostil. A veces es necesario dormir con el enemigo.

Nos guste o no estamos blanqueadas. Hemos pasado por todos los dispositivos de aprendizaje de la modernidad. Hemos sido socializadas en ella. La lucha comienza recuperando nuestros ancestros. Profanados por el colonialismo. Rechazados por la colonialidad.

Y llegamos al tan aclamado antirracismo. Pero este es muy amplio y siempre ha existido. Desde que existe el racismo. Leímos a Fanon y nos entendimos. Un suspiro de complacencia nos invadió. Entendimos nuestras ansias de integrado, de sentirnos reconocidos. Y empezamos a militar por la no-integración. Desdeñamos a los que quieren integrarse. Nos convertimos en los evolucionados de Fanon, el buen salvaje. Pero nos hicimos llamar antirracistas. E incluso antirracistas radicales. Porque nos pensamos en la cúspide de la radicalidad. Sin embargo, seguíamos sin entender lo verdaderamente esencial. Que nosotros, como individuos, nunca seríamos. Porque estamos vacíos por dentro. Pisoteados por años de historia. Fragmentados. Y el antirracismo se convirtió en el refugio de los condenados. El camino para recuperar nuestra autoestima, parte de nuestra dignidad. Individualizada. Ascender. Esa es la aspiración. Quejarse por todo y por nada. Situarse como centro del ethos político.

Por eso, más que nunca se hace imprescindible entender las palabras de nuestros hermanos calós de Kale Amenge si queremos trascender como corporeidad:

Somos desechables. Como individuos, solo servimos a nuestros patrones. No importa que revistamos nuestros discursos con tecnicismos de moda, incluso que hablemos del “colectivo”, tan solo somos un arma en manos de los intereses políticos de aquellos que no tienen la fortaleza política necesaria para asumir el problema del capitalismo racial. Nuestra fortaleza reside en el colectivo encarnado, no en el abstracto; no en la idea, sino en la voluntad de no convertirnos en una pieza más del engranaje desde el que se levantan los muros que nos asolan.”

In sha Alah.

 

Puedes leer el texto original en catalá a La Directa.

Fátima Aatar / Najim Ouled

 

 

 

Fátima Aatar es antropóloga social y cultural por la Universitat Autònoma de Barcelona. Es miembro del movimiento internacional Boicot, Desinversión y Sanciones contra Israel (BDS), participa en el Movimiento de Acción Política Antirracista 12N (MAPA 12N), plataforma surgida a raíz de la marcha contra el racismo en Madrid en 12 de noviembre pasado y milita en el Movimiento Moro Antirracista (uMMA).

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