No te olvides la chilaba cuando vayas a aljama

Lo que sigue a continuación es un extracto de la nueva entrega inédita de la novela Unos baklava por amor de Helena Gutiérrez Espí. Un capítulo en clave de “humor halal”.

Se dejó caer en la cama. Se había quitado un peso muy grande de encima. El joven tunecino, a pesar de todos los dolores de cabeza que le había causado, le había caído bien.

Estaba cansada, pero con la emoción que sentía no era capaz de dormirse, así que puso la tele para distraerse. En Córdoba TV estaban haciendo El club halal de la comedia. El monologuista Daud Yamil salió a escena ataviado con una chilaba. El público aplaudió:

Salamu aleikum, hermanos y hermanas. ¿Cómo estáis? ¿Cómo lleváis el ayuno? Con la boca seca y el mono de fumar al límite, ¿no? Pues como todos, vaya. Os voy a contar lo que me pasó el otro día cuando iba a la mezquita. Resulta que no había dormido nada, porque como las noches son tan cortas, me paso el día cocinando para que no me falte comida. Decidí salir a la mezquita a rezar el magriby romper el ayuno allí entre hermanos. Me fui con mi chándal porque la chilaba se me había ensuciado cocinando el tayinde cordero que me había dejado preparado para la noche y que me hacía salivar hasta dejarme seco. Iba medio dormido, muerto de hambre y me arrastraba por la calle haciendo eses. Como todos vosotros en estas fechas, vaya. ¿Y sabéis qué? ¡Me paró la policía! A mí, que soy un ciudadano ejemplar… Pues me hicieron soplar para verificar que no estaba borracho. ¡Que soy musulmán, hermano poli, que no bebo alcohol, tío! ¡Que no uso ni perfume para evitar embriagarme con el olor! Así que soplé. No sé cómo lo hice, porque no tenía fuerzas, pero soplé la cosa esa. El amigo poli me pasó una botella de agua fresca. ¡Por el amor de Alá! ¡Cómo deseaba bebérmela entera de un trago! Pero todavía quedaban diez interminables minutos. Ya sabéis, esos últimos minutos después de 16 horas de ayuno que son peores que pasar por delante de la sección de charcutería del Miercadona… Le dije al poli que no tenía sed. ¡Hala, mi primera mentira en Ramadán! El poli iba a conseguir que me cargara mi ayuno. Yo quería irme a la mezquita, que se me hacía tarde, pero el poli alifque alif. “Hay un comedor de Cáritas cerca. ¿Le acompaño, señor?” Yo no sabía dónde meterme. ¿Por qué no me pedía la documentación, como hacen siempre, y me dejaba en paz? Pero tenía que tocarme a mí el poli bueno que quería velar por mi salud. Estas cosas con chilaba nunca pasan. ¿Por qué, Alá, por qué? Decliné amablemente su oferta. ¿Y qué me dijo? “Si quiere puedo comprarle un bocadillo de jamón ahí en el bar”. Se me quitó el hambre en un momento. El poli me estaba confundiendo con un sin techo borracho y cristiano… Yo me estaba agobiando cada vez más, hermanos. Y se hacía la hora de romper el ayuno. Me quería ir, pero el tío no me dejaba. “¿Cómo se llama?”. Ahí casi me desmayo del todo. ¡Cómo le iba a decir ahora mi nombre! Si le decía, después de toda la conversación, que me llamo Mohammed, esa noche rompía el ayuno en el calabozo fijo. Y no me apetecía mucho, la verdad. Así que le dije el primer nombre que me vino a la cabeza: Ermenegildo. “¿Ermenegildo?”, me pregunta. Sí, Ermenegildo, le respondo. “Nunca había escuchado ese nombre”, me dice el tío. “¿Es español?”. Lo que me faltaba. El poli bueno y tonto. Claro, le digo. Es que mis padres son de un pueblo de Castilla y allí es muy común llamarse así. “¿La Mancha o León?” ¡Pero qué más da, tío! Le digo que La Mancha, acordándome de mi chilaba y arrepintiéndome de no haberla metido en la lavadora. “Anda, como yo”, me suelta. Esto no me podía estar pasando a mí… Sé que Alá está con los pacientes, pero la situación era como para perder la paciencia para siempre… “¿Cómo se llama el pueblo?”. Alá, llévame pronto, pensé en ese momento. ¡Y yo qué sé! Si yo no conozco Castilla La Mancha… No sabía qué decirle, no podía más y, para colmo, se estaba bebiendo la botella de agua en mis narices, ¡entera! Mi cerebro no estaba para pensar en la geografía española, así que le dije que era de un pueblo que se llama Aguasdulces. Menos mal que me había tocado el poli tonto que no ve series… “¿Aguasdulces? No me suena”, me dice. Pues alhamdulillah que no te suena, tío. Se hizo la hora del magrib. ¡Yo ya podía beber y el poli este me tenía retenido a preguntas y, encima, se había bebido la botella de agua hasta la última gota! No sabía qué hacer ya… La sangre no me llegaba al cerebro, pero una idea se asomó y la lancé. ¿Eso de allí son banderas catalanas, señor policía? El tío se giró, cogió su aparato y se fue corriendo mientras gritaba: “Aviso a todas las unidades, tenemos un 155, radicales independentistas en la zona”. Y aun va el tonto y me suelta “¡Gracias por su colaboración, Segismundo!”. ¡Que me llamo Ermenegildo, tío!, le grité enfadado. Me fui corriendo a la mezquita (a cámara lenta, claro, ya no me quedaba batería) y me equivoqué de puerta. Me colé sin querer en el espacio de las mujeres… ¡Madre mía cómo se pusieron las hermanas! Empezaron a lanzarme dátiles para que me fuera, y encima no fui capaz de coger ninguno al vuelo. El paraíso está bajo los pies de las madres, decimos siempre los musulmanes, pues después de las patadas que me pegaron las hermanas por colarme en su casa no me cabe la menor duda de que el Yanna es un campo de fútbol. Entré, ¡por fin!, al lugar de los hombres y ya se habían puesto a rezar, ya habían roto el ayuno. Bueno, pensé, son cinco minutos más, no me voy a morir, y me puse en la fila a rezar con ellos. Cuál fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que el imam estaba recitando la azorat de La vaca… ¡de principio a fin! Casi me da algo. No iban a ser cinco minutos, no. Me flaqueaban las piernas, se me pegaban los labios, me sudaba todo… ¿Por qué tuve que hacer la ablución antes de salir de casa? Si no la hubiera hecho habría tenido que ir al baño antes de rezar y podría haberme bebido toda el agua que sale del grifo, pero no, tenía que purificarme antes de salir. ¿Por qué me has hecho tan buen musulmán, Alá, por qué? Pero bueno, alhamdulillahtodo llega y, al fin, el rezo terminó y no me bebí el agua bendita porque en las mezquitas de eso no hay, pero sí acabé con todas las botellas que había cerca. Hermanos, hermanas, nadie dijo que el Ramadán fuera fácil, pero os voy a dar un consejo muy útil para estas fechas: la chilaba siempre limpia. 

Daud Yamil hizo un guiño al público que se había levantado para aplaudirle y salió del escenario. Ella apagó la tele. Se había reído a carcajadas.

2 Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published.

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies