Bienvenida a la oficina

Racistas / Daniel Lobo (Flickr)

Empecé a trabajar en una oficina. Una asociación. Una ONG que ofrece servicios sociales para las pobrecitas migrantes. Yo, paradójicamente, soy del grupo que tiene la posibilidad de compartir unos pocos metros cuadrados en un bajo con muchas personas blancas no migrantes aquí reunidas. Trabajo en una oficina con grandes ventanas que si te concentras, puedes ver el Mediterráneo que escupe pateras llenas de tristeza. Puedo saborar, mirando la ventana, el agua salada de las lágrimas que se confunde con el agüita del fondo de una canoa de mierda. Lo que no puedo imaginar, mirando la ventana, es el interior de un CIE aunque si me dejo llevar me saca una sonrisa la fila de cuerpos en pie que quieren volver a su país voluntariamente como una serpiente gorda hambrienta.

Como decía, es la primera vez que comparto un espacio reducido con varios blancos europeos con cristales que nos permite habitar la vigilancia interna como subjetividad laboral permanente. Mi jefa es una mujer rubia, de caderas diminutas y dudosa salud alimenticia, aunque haya pasado las cinco décadas de vivir la carne no se asienta en los huesos.

“Sabemos que la fortaleza de las fronteras llenan las arcas de su continente con más empleo para burócratas insensibles”

Llego a mi segundo día de trabajo temprano, bien vestida, de hecho me compré un pantalón para venir -me preocupa cómo podré sostener este estilo a lo largo de las semanas y con un único pantalón más o menos digno. Mi jefa está ocupada dentro de su sucucho haciendo llamadas telefónicas. En mi oficina, que es la de todas las demás, en el centro cristalino, hay un grupo de gente racializada. Son de distintos orígenes y escuchan a su coordinador, un joven euroblanco que se pone una vincha en el medio de la frente como si fuera un Lonko mapuche. En un descuido, en el momento que me quito el abrigo y saludo, este muchacho con vincha en el centro de su frente como Lonko mapuche toma mi silla con rueditas se apoltrona y desplaza al centro para dar más explicaciones infantilizantes a su cupo racial.

Como es mi segundo día, no puedo chillar. Mi compañera de escritorio, una joven de 23 años con mochila cuadrada, está con un hombre sudamericano al que le pide el teléfono y le reta por no recordarlo de memoria. Le pide su número de DNI, y el hombre, con paciencia, le explica que está allí para poder tener un NIE, justamente. La escena me interpela y como estoy en una posición en que puedo actuar midiendo un castigo pequeño y razonable dentro la media; puedo opinar sin que suponga un disciplinamiento feroz. Intervengo: Pregunto al hombre cómo lleva el proceso de sus trámites, cómo vive lo duro y desgastante de la situación. Mi compañera interrumpe con sus grandes conocimientos en la materia, que para ella también es horrible hacer trámites, que no entiende para qué existen. Nos miramos cómplices con el hombre, sabemos para qué sirven, sabemos que la fortaleza de las fronteras llenan las arcas de su continente con más empleo para burócratas insensibles.

“Le explico a mi compañera con la rabia atragantada que somos sujetos de violencia sistemática y no nos ayudan las grandes generalizaciones como si el sistema nos afectara a todas por igual”

El hombre tiene que ir a la policía para demostrar que está libre de antecedentes penales, lleva el estigma de Colombia y Netflix: es la encarnación de un narco. Ya lo retuvieron en el aeropuerto, ya le tocaron el cuerpo entero, ya sabemos cómo son las cosas. Le explico a mi compañera con la rabia atragantada que somos sujetos de violencia sistemática y no nos ayudan las grandes generalizaciones como si el sistema nos afectara a todas por igual. Es meter el dedo en nuestra herida colonial infecta.

Vuelve el muchacho con su vincha para devolverme la silla, y con la alegría de sus estereotipos positivos super mega guay que nos festeja y sonríe por lo maravillosas hazañas que atraviesan nuestros cuerpos. Me ofrece uno de los manuales que ha impreso el estado español titulado: “Claves para aproximarse a la sexualidad de las personas inmigrantes. Su sexualidad también es importante”.

Magdalena De Santo

Magda De Santo es escritora compulsiva. Se dedica a la dramaturgia, periodismo, no ficción y ficcion social. Es licenciada en filosofía, egresada del Programa de Estudios Independiente del Museo de Arte Contemporaneo de Barcelona, artista, performer, activista, lesbiana, feminista, migrante anti colonial.

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