Intersección es una palabra sencilla, compañera feminista

En una de las pantallas de móvil la reproducción de un nuevo video cargado de odio. Un video nuevo, un odio viejo. Otra vez, los agentes de seguridad del metro TMB están golpeando a un joven. Portación de juventud, ropa deportiva, corte de pelo y piel no-amiga son las razones suficientes para la inferencia de “marroquí criminal”, y la subsiguiente afrenta con golpes.

Estamos en T.I.C.T.A.C, en nuestro pequeño grupo de activismo La Nocturna, y con las imágenes del video la conversación se detiene. Cada unx de nosotrxs tiene que verlo y experimentar su propio desasosiego. Ya es la hora de despedirnos, sin embargo, nos quedamos apiñados, juntitxs, pegadxs, como si algo nos impidiera encarar la vuelta casa. Es el metro.

Caminamos lento dos calles por Gran Vía, el aire golpea en la cara, en una esquina una zapatilla nueva y muy blanca abandonada. Unos metros más allá, una secuencia de ruptura. Una pareja heterosexual y un escándalo. Estas cosas generalmente son escenarios de violencia sexista, y yo, la lesbiana salvadora, no me puedo contener. La zapatilla más blanca que las nubes dispersas de la noche es la razón perfecta para acercarme. Ella llora y él se le tira encima. La trata de loca, le agarra el brazo y le habla fuerte. Me acerco con el calzado y me planto ahí como un farol más de la urbe para que el tipo se amedrente, se sienta demasiado observado, se humille y por fin se vaya. Con el telón de fondo de la angustia y el dolor que producen el machismo, sin aviso previo, dos cuerpos secretos, uno femenino y otro masculino, separan abruptamente a la pareja con notoria pericia. La tipa pone el cuerpo para proteger a la chica. El otro tipo arroja el suyo para dispersar al falso príncipe sudaca. La escena, de golpe, se convierte en una de super acción. El macho sale disparado y perseguido por el otro. Se nos suma otra chica, es médica y pretende calmar los nervios de la muchacha cuya suerte había sido presenciar la infidelidad de su marido en un bar con otra joven. Nuestra cenicienta gritaba llorando: ¡solo quiso casarse conmigo por los papeles! ¡Qué estúpida soy! ¡Le di todo!

Los que actuaron con pericia no eran buenos vecinos, lo entendí tarde. Esa intervención es producto del trabajo de la policía de civil patrullando la noche corriente. Los secretas son parte del paisaje de Barcelona, un trabajo legítimo e institucional demasiado instalado por estas costas. Yo no me puedo creer esta afición por el orden público, la seguridad, esta subjetividad súbdita que arrastran, tal vez, por legado monárquico. ¿O será una herencia más del triunfo de la dictadura del Reino? Busco legitimidad de esta fuerza policial represiva que nos acecha con jeans y camiseta, este panóptico con patas, este secreto vigilante que nos rodea constante, ¿tiene que ver con la ley mordaza, el terrorismo, o qué?

“Terminator asume extranjeridad, nos exige NIE, y nos regaña ante la mera posibilidad de circular indocumentadas. Tenemos papeles en regla, solo con documentos se puede ejercer empatía y solidaridad en este sistema”

Llegan otro grupo de policías sin aviso. Esta vez, con uniformes azules y una seudo patrulla:  un coche común con una sirena azul idiota colocada para la emergencia. Bajan tres Terminator. Iguales al rubio de la película. Los ignoro porque mi intención, y única, era calmar y constatar que la chica no vuelva a casa con su marido violento. Terminator interrumpe la escena de contención y solicita nuestra retirada. De paso, la documentación. Terminator asume extranjeridad, nos exige NIE, y nos regaña ante la mera posibilidad de circular indocumentadas. Tenemos papeles en regla, solo con documentos se puede ejercer empatía y solidaridad en este sistema. Las únicas personas que acompañamos el dolor de la muchacha, las únicas de esta ciudad grande que tuvieron la demora existencial para observar a otra en situación vulnerable nos volvimos en sospechosas criminales y la escena de violencia sexista un cumplido para el estereotipo de Sudamérica = Machismo.

Le explico al facha que su intervención abrupta había destrozado el mínimo lazo de confianza con la chica para que narre lo ocurrido, somos profesionales, argumenté, por la médica y mi experiencia con mujeres en situación de vulnerabilidad y violencia sexual, pero Terminator había hecho su cursito. Sabe que la frase que tiene que decir es que “la víctima tiene que declarar su testimonio ante un profesional para evitar la revictimización”. Pero su lengua policial le juega una mala pasada y el concepto no se hace voz. Me mainsplanea la idea en líneas generales. Retiene mi bendito NIE. Le pido que me lo devuelva. Los secretas y Terminator, antes que podamos saludar a la muchacha, intercambiar números, o darnos un abrazo nos piden que dispersemos para realizar su trabajo. Siguen con su protocolo para generar la denuncia. Oigo el paternalismo profesional “la denuncia depende de su decisión, no está obligada,” un guión de manual que me atormenta por la falta de corazón. Dispersamos. Seguimos andando hasta bajar a la estación de metro de Plaza España y otra vez, la misma escena de la pantalla. Los agentes de seguridad de TMB regalando golpes en la nuca y requisando a dos chicos que no superaban los catorce años. El eterno retorno. La función termina con la misma escena del comienzo, esta vez, en vivo.

“No importa el bienestar de la chica, sino el castigo al migrante. El punitivismo, en nombre de los buenos métodos del feminismo blanco, dudosamente logra cambiar estos guiones de violencia”

Ayer me tomé el metro y estaba allí, de casualidad la misma secreta, con las mismas gafas en la coronilla y esa pinta de mujer joven y deportista de cejas bien depiladas. Asumo que me reconoce, pasaron solo 3 días de aquella noche. No me habla, ni saluda. Yo tampoco quiero. Va con otro tipo. Otra pareja. Ven sin mirar, revolean los ojos de acá para allá, se hacen los tontos, no posan la mirada en ningún punto fijo, ni siquiera en mí que les tengo en frente. Pensé en esta crónica y la oportunidad de hablarle se agotaba en la próxima estación. “Estuve el jueves pasado con una chica en situación de violencia sexista. ¿Qué pasó con ella? ¿Está bien? Me quedé preocupada por…”. Antes de que pueda terminar la frase, me contesta: “No quiso hacer la denuncia. Yo no estaba con mi compañero de siempre, si no hubiéramos atrapado y arrestado al venezolano”. La palabra final me queda retumbando. No importa el bienestar de la chica, sino el castigo al migrante. El punitivismo es la moneda corriente para erradicar la violencia de género actual y el poder del cachiporra vale más que mil palabras. Aun así el dispositivo no tiene éxito.  ¿Acaso pretenden disipar el sexismo con racismo y violencia institucional? El punitivismo, en nombre de los buenos métodos del feminismo blanco, dudosamente logra cambiar estos guiones de violencia. Con secretas en cada calle, políticas represivas, ley de extranjería los tejidos sociales se rompen, no se tejen. El resultado son nuevas víctimas, producto del régimen de género y el régimen racial. Lo peor llega, en plena Ramblas, cerca del gran Colon una mujer ha sido encontrada muy herida luego de otra violación.   

Magdalena De Santo

Magda De Santo es escritora compulsiva. Se dedica a la dramaturgia, periodismo, no ficción y ficcion social. Es licenciada en filosofía, egresada del Programa de Estudios Independiente del Museo de Arte Contemporaneo de Barcelona, artista, performer, activista, lesbiana, feminista, migrante anti colonial.

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