Escrito por Youssef M. Ouled y María R. Díaz
“Comentarios racistas… durante los más de quince años que llevo aquí en España los he recibido. Desde el colegio, pasando por el instituto hasta la actualidad, pero tan fuertes o durante tanto tiempo como duró esta agresión no. Este es un trauma psicológico que nunca había sufrido”, explica durante una conversación telefónica Sherezade, una joven marroquí de 24 años.
Durante la conversación que mantenemos, se prepara para ir a la comisaría de la Guardia Civil en El Escorial, con el fin de ampliar la denuncia que interpuso hace unos días por la agresión racista, machista y homófoba sufrida el pasado 27 de septiembre, sobre las 16:00 horas en un tren de Cercanías Renfe que cubre el trayecto Madrid-Ávila. Los agresores a los que se refiere son un interventor de Renfe y otro pasajero, que se encontraba en el vagón en ese momento. “Denuncio para que estas dos personas paguen por lo que han hecho, para que no queden impunes y no vuelvan a hacer esto a nadie más”, señala Sherezade.
La ampliación de la denuncia se debe a que, cuando presentó la primera, no se incluyeron las amenazas contra su integridad física. También se hace para pedir las imágenes de las cámaras de seguridad del transporte público, antes de que estas sean borradas como determina el procedimiento habitual de la operadora ferroviaria.
Todo empieza en la estación de Chamartín. Sherezade toma el cercanías dirección Navalperal de Pinares, un municipio de España situado en la provincia de Ávila, donde residen sus padres. Para llegar allí, hace transbordo en El Escorial y continúa en el mismo tren hasta su destino. En Chamartín, el revisor de Renfe le pide su billete. Ella tiene una tarjeta de transporte joven que muestra al interventor y este, al pasarla por la máquina manual que sirve para realizar las comprobaciones, verifica que está recargada.
Una vez en El Escorial, y en el mismo tren, se cambia de vagón. Después de esto, el mismo interventor vuelve a pedirle su billete. Sherezade le comenta que ya se lo había enseñado antes, pero que no tiene inconveniente en volver a mostrárselo. “En este caso no lo pasó por la máquina, me dijo que debía adquirir otro billete porque la tarjeta ya no valía”. La joven señala que en la estación de salida había preguntado hasta dónde podría llegar con su tarjeta y le respondieron que hasta Santa María de la Alameda, municipio perteneciente a la Comunidad de Madrid que limita con Castilla y León.
El revisor, sin embargo, comenta que solo le sirve hasta Robledo de Chavela. Sherezade no quiere discutir, así que le pide que le extienda un billete desde esta estación hasta Navalperal de Pinares. Abona el coste en el momento y, acto seguido, le pregunta al revisor hasta dónde puede viajar con la tarjeta joven, para no dar lugar a equivocaciones futuras. Ahí comienza la agresión por parte del interventor.
“Le pedí por favor que me explicara qué debía hacer la próxima vez y eso le molestó. Me dijo que no quería dar más explicaciones y me hizo un gesto bastante feo con la mano”. Por este motivo, Sherezade se levanta y se dirige hacia él pidiéndole que no le falte al respeto y que le hable con educación, como ella hace desde el inicio. La respuesta del revisor deja a la joven impactada. “Me dijo que me fuera a mi puto país, empezó a llamar puta a mi madre y a decirme que no me iba a dar ninguna explicación”, comenta Sherezade, que nerviosa y temblorosa ante esta reacción le señala que es un racista y que no debe hablarle así en ningún momento.
La situación empeora al unirse a los insultos otro pasajero que se encuentra en el mismo vagón. Un varón al que Sherezade describe como un señor de entre 50 y 60 años. Repite los mismos insultos del interventor: “zorra, puta mora, marimacho, ni siquiera sabemos si eres hombre o mujer. Venís aquí para pedirnos explicaciones. Si no os gusta, ¡volved a vuestro país!”. Los dos permanecen gritando a la joven durante minutos.
Después de esto, Sherezade le dice al revisor que no puede expulsarla del tren, debido a que este amenaza con ello a pesar de tener ella su bono recargado y estar todo en orden. “Acto seguido me dijo que había llamado a la policía y que estaban de camino. Le dije que genial, que cuando llegaran esperaba que me insultaran de la misma forma que estaban haciendo”. No obstante, en ese momento, el interventor niega haber dicho nada.
Los demás pasajeros del vagón sólo intervienen cuando el revisor agarra fuertemente el brazo de Sherezade, segundos antes de amenazar con llamar a la policía.
En el vagón hay más personas, que en un principio no reaccionan ante la cantidad de insultos que recibe. Sólo intervienen cuando el revisor agarra fuertemente el brazo de Sherezade, segundos antes de amenazar con llamar a la policía. “No sé por qué me agarró, pero yo pensé que quería pegarme, sentí muchísimo miedo, incluso le dije que las cámaras del tren estaban grabando todo, pero él actuaba como si aquello no le importara”, comenta.
Lo único que consigue que el revisor suelte el brazo de la chica son los gritos de los demás pasajeros diciéndole que pare y que deje de tratarla así. En ese momento, una señora se pone delante del interventor, frente a Sherezade. Mientras tanto el otro pasajero, que también la había agredido, le dice: “te voy a coger de la cabeza y te la voy a reventar contra el suelo”. Cuando la joven se defiende, este la amenaza cerrando su puño y dirigiéndose hacia ella. Otro pasajero llega y se lleva a la joven, alejándose los dos de los agresores. Sherezade le cuenta todo lo sucedido y, mientras narra los hechos, los dos hombres continúan insultando a pocos metros de ella, amenazando con expulsarla del tren. Allí es cuando, por fin, se cambian de vagón. Apenas da unos pasos, sufre un ataque de ansiedad y rompe a llorar.
Lamenta no haber apuntado el contacto de ninguna de las personas que presenciaron los hechos. Explica que se queda bloqueada ante la situación, sin saber qué hacer. Ahora, sabiendo de la importancia de los testigos, trata de localizarlos para que ayuden en la denuncia que ha interpuesto. Recuerda que el pasajero que la acompaña sólo se despide ella cuando la ve más tranquila. A día de hoy busca ayuda para identificar a este joven, que se bajó en la estación de Santa María de la Alameda con una bicicleta.
Más relajada llama a emergencias para contar lo sucedido: “les dije que había tenido un ataque de ansiedad, pero que ahora se me había pasado. Sin embargo, nada más decirles esto, me vine abajo y empecé a llorar de nuevo”. La chica que atiende su llamada trata de tranquilizarla y le comunica que otra persona llamó a la Guardia Civil por lo que estaba sucediendo y que una patrulla se encontraba de camino.
El revisor que la había agredido no deja de pasar delante de Sherezade mientras ella habla con emergencias. Cuenta la joven marroquí que este hombre, en un momento determinado, acude a la parte delantera del tren, donde se encuentra el conductor y es entonces cuando, sin esperar a las autoridades, el tren se pone de nuevo en marcha.
Finalmente Sherezade llega a su parada, Navalperal de Pinares. A unos metros de la casa de sus padres se gira hacia atrás y se encuentra con el pasajero que, junto al revisor, le había proferido insultos y amenazas. Rápidamente, agarra su teléfono móvil y le hace una fotografía que presenta como adjunto en la denuncia que interpone. De la misma forma, aporta otra fotografía con el número de identificación del interventor, tal y como se registra en la denuncia realizada a la mañana siguiente.
“Me ha afectado tanto porque no han sido uno o dos minutos, han sido entre veinte minutos y media hora lo que ha durado el machaque psicológico de estos dos hombres”, cuenta Sherezade entre lágrimas. Llega a su casa y solo allí, una vez en presencia de su madre, trata de calmarse de nuevo. Sin embargo, sigue muy afectada. Esa tarde es el cumpleaños de su sobrina, pero no se ve capaz de quedarse a la celebración y decide regresar a Chamartín. Una vez en la estación, acude a la ventanilla de información para preguntar hasta dónde puede llegar con el bono joven. Le responden que hasta Santa María de la Alameda, en contra de lo que el revisor le había recriminado. A penas dos paradas antes de la casa de sus padres. Con esta información, interpone una reclamación por el servicio del trabajador de Renfe, junto a la que aporta una fotocopia del bono joven, el billete que le extiende el revisor y la denuncia interpuesta ante la Guardia Civil. Sherezade cuenta que esta situación le ha generado un gran trauma que revive cada vez que sube a un tren de cercanías e, incluso, que revive durante estos últimos días en cualquier contexto.
Las actuaciones motivadas por racismo en el transporte público no son anecdóticas, más bien se repiten con una frecuencia y una forma que nos llevan a señalarlas como una práctica sistemática. Estos últimos meses, hemos tenido denuncias que así lo ejemplifican: un interventor pide el billete únicamente a ella, Desirée Bela-Lobedde, mujer negra; agresión tránsfoba y racista en el transporte público de Madrid con la complicidad de los pasajeros y el conductor; la policía expulsa a una viajera y a su hijo menor del autobús a pesar de disponer de billete; vigilantes de seguridad de Renfe expulsan a un viajero negro con billete. Y esto son sólo algunos ejemplos pero, lamentablemente, la lista es mucho mayor.

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Hola. Quería saber qué pasó con este caso. La denuncia logró algo?