El espacio público (no) es nuestro, (no) nos pertenece: El racismo en la EMT (I)


Es imposible no hablar de diferencias. Las diferencias nos acompañan cuando transitamos el espacio público. Nuestra historia, nuestras pieles, nuestros nombres, nuestros acentos, nuestros ancestros e incluso nuestras ropas no son las que marca la norma (la norma blanca) y eso también genera un efecto. Una respuesta automática en quien forma parte de lo normativo. Sucede casi “sin querer”, resaltar la diferencia es un acto consciente, o no, que marca una relación de poder.

La superioridad de la ciudadanía blanca española viene acompañada de toda una serie de mecanismo puestos en marcha desde las instituciones que acaban inferiorizando, criminalizando, persiguiendo, encerrando, expulsando y matando a aquellos que no son blancos ni españoles. Es imposible que esto no alimente el imaginario colectivo y en consecuencia, exteriorizar la diferencia no es ya un acto interpersonal, sino grupal.

Uno no marca la diferencia porque se siente superior, esa superioridad es material. Se materializa en las escuelas, una segregación generada desde las instituciones y alimentada por quienes no quieren llevar a sus niños a clase con gitanos ni moros. Se materializa en el empleo, donde no te contratan por musulmana. Se materializa en las fronteras, donde intentar cruzar es motivo de que te disparen a matar si eres negro. Se materializa en el trabajo de hogar y cuidados, donde son empleadas mujeres latinoamericanas sin contrato o con contratos de semi-esclavitud. Esa relación de poder entre quien marca la diferencia y quien la carga viene sostenida por una legalidad, un ejemplo de ello es la Ley de Extranjería, pero no únicamente, la historia de este país está llena de pragmáticas y leyes antigitanas, que como aquella, marcan la línea de lo humano.

“Esa relación de poder entre quien marca la diferencia y quien la carga viene sostenida por una legalidad, un ejemplo de ello es la Ley de Extranjería, pero no únicamente”

Hoy me detendré en el transporte público. “Público”, es uno de esos conceptos que en apariencia remite a todos pero en la realidad hace alusión a una parte del todo. Forma parte de ese saco de conceptos como “Derechos Humanos”, que refieren a quienes son considerados humanos, pero carecen de significado en Palestina o en el Centro de Internamiento de Extranjeros de Aluche. Conceptos como “universal”, que en realidad remiten a la universalidad occidental para personas blancas, como la sanidad universal. Transporte público, como decía, remite a aquello que en teoría pertenece a todos, sin embargo, es sabido que igual que en la vía pública, en el transporte se dan situaciones de indefensión y agresiones sin consecuencias para los agresores que nos devuelven un mensaje que dice, que ni la calle, ni el transporte son de todos y todas.

Ese transporte “público”

Hay numerosas ocasiones que nos muestran que de lo público te acaban expulsando. Hace unas horas Halimatx escribía en su perfil de Twitter, “me subo a la línea 5 (metro) y un hombre me dice: Sube mora de mierda, que algún día de estos te matan gilipollas. Y todos mirándome a ver cómo reaccionaba. Una persona me dijo no le hagas caso. Un niño de 10 años. ¿Qué mierda de sociedad es esta?”.

Hace unos días se ponía en contacto con Es Racismo, Laura, de madre española y padre peruano, se encontraba sobre las nueve de la noche en el bus 36 de la Empresa Municipal de Transportes de Madrid (EMT) que sale de Atocha y se dirige a Campamento. “Iba sentada con mi hermana y unos estudiantes de intercambio que se alojan en mi casa cuando a falta de tres paradas una persona de la tercera edad y español se acercó sin ningún motivo y me empezó a decir: guarra, guarra, la gente de tu calaña no sirven para nada, venís a robar y no hacéis nada, sois todos unos monos de mierda y encima unos maleducados, ojalá os deporten a todos, no sé cómo os han dejado entrar al país, no os queremos aquí, no sois nada”, explica esta joven de solo 15 años. Sin embargo, no acabó allí, después vinieron las amenazas de muerte, un calvario que según esta adolescente duró entre 5 y 6 minutos. tiempo en el que volvió a amenazar a Lucía con darle “una hostia” y “sacarle los dientes”.

“Me quedé paralizada. El señor al bajarse del autobús siguió insistiendo en pegarme, solo una mujer latina me defendió”, comenta antes de manifestar que esta situación le generó una rechazo a sí misma. Ante estas situaciones, nos preguntamos qué debe hacer un conductor de la EMT, desde luego existirá un protocolo, pero como viene siendo habitual y como volvió a suceder en esta ocasión “todo lo que hizo el conductor fue hacer oídos sordos”.

Ante esto es importante señalar que el silencio institucional ante agresiones a nuestros cuerpos también es racismo institucional, como leíamos en la última agresión compartida en nuestra web, también sucedida en un autobús de la EMT a mediados de febrero. Carol, una mujer trans proveniente de Paraguay que se encuentra tramitando protección internacional, fue agredida en el bus 146 de Ventas a Callao, iba con otra amiga migrante y trans. Explicó cómo al subir al autobús recibió las miradas de muchos pasajeros, “como siempre nunca están acostumbrados a vernos con agrado siendo personas trans. Nos ven con desprecio, más si saben que no eres de aquí”.

Se encontraba mostrando un video de móvil a su amiga, cuando un señor empezó a reclamarle por el sonido del video, le espetó: “me das asco”. Conociendo la maquinaria institucional racista y el miedo que esta genera comenzó a pedirle sus papeles y amenazaba con llamar a la policía con la certeza de que los agentes iban a estar a su lado porque él es un ciudadano. Otra herramienta del opresor es buscar la complicidad de sus semejantes, como sucedió allí “preguntó: qué otras personas estaban siendo molestadas por mí y por mi amiga en el autobús. Cuatro levantaron la mano aprobando el tono violento y la agresión racista hacia nosotras. Allí se intensificó mi miedo”, describió Carol.

Como en Laura, esta situación de indefensión generó en Carol un rechazo así misma “me sentí la peor basura de toda España”, un juicio racista y tránsfobo a bordo de un autobús. Una vez más, el silencio de quienes allí estaban fue cómplice del racismo. “La inercia del conductor de una empresa de transporte público también marca un lugar en el consentimiento y naturalización de hechos racistas y tránsfobos”.

Del hecho puntual a la norma 

A penas unos días antes, otra joven negra de 18 años fue abordada por una mujer blanca en medio de un autobús en Mataró que sin mediar palabra comenzó a gritar “tu padre tiene cuatro mujeres cobrando 2.000€ cada mes”. La joven le pidió educación, obteniendo descalificativos como respuesta. Acto seguido la agresora comenzó a relacionar a la población migrante con las drogas y el crimen, antes de comentar, “ya queremos reventar aquí”. Una alusión similar a la que llegó otro agresor, también blanco, en el transporte público de Barcelona: “Ahora os pondrán a caldo“. La autora del video explicó cómo el agresor estaba sentado y a su lado había un asiento vacío al que se acercó un chico latino, “el español se levantó a decir que era suyo, que él había nacido aquí. Que nada es de los sudamericanos. Que nos van a dar por todos lados y un sin número de barbaridades. Seguía queriendo provocar y encarando al chico para que bajase y partirle la cara”. 

El año empezaba con agresión, tuvo lugar en Vitoria Gasteiz en el autobús de la línea 7, una joven que iba a bordo explicó cómo una mujer negra que subió con sus dos hijas pequeñas, una de ella con una enfermedad mental que le lleva a evadirse de su alrededor y en consecuencia a no ser consciente de algunas explicaciones, llevaba su patinete, por lo que el conductor empezó a gritarle que debía dejarlo fuera. Un día antes la madre ya había avisado al conductor que la niña tenía problemas y que al entrar la distraerá para poder doblar el patinete. Sin embargo, el conductor comenzó a gritar diciéndole que vendría todos los días y le prohibiría subir. No obstante, el trato no acaba allí, entraron en la discusión dos personas más, un hombre y una mujer que decían “joder los inmigrantes” mientras gritaban a la madre y a las niñas, todos a una, como Fuenteovejuna.

La mujer agredida también gritaba para que la dejaran en paz y no le gritaran delante de sus hijas. Debido a la presión y a la violencia, se puso a llorar. Solo fue socorrida por una chica y la autora del video en un bus abarrotado de gente. Lamentablemente allí no acabó la cosa, un hombre que estaba detrás le espetó un “vete a tu puto país” antes de comenzar con las amenazas, “porque eres mujer que si no te daba” y “soy militar, llevo 20 años matando a gente como tú… ojalá encontrarte por la calle, voy a matarte”. Similar a esta agresión tuvo lugar otra a dos hermanas guineanas, Genoveva y Mª Paz sufrieron una agresión racistacuando iban en el autobús de la línea 24 de la EMT, el agresor las insultó y golpeó sin que el conductor hiciera nada por impedirlo.

El transporte no es público. Los conductores no solo deberían realizar una labor que incluya un trato igualitario, también actuar cuando se da violencia racista y de todo tipo dentro del autobús. Afortunadamente, encontramos ocasiones en las que el resto de pasajeros colocan al agresor en una situación de incomodidad que reducen el impacto de su agresión, sucedió a finales del año pasado en el cercanías de Madrid, un hombre increpó a otro por un supuesto empujón: “Estamos en España, no en tu país”. Quien grabó la agresión explicó que el hombre no le empujó, sino que todos estaban tratando de entrar a un vagón lleno. Sin embargo, solo la auto organización como punto de partida para responder al racismo es una herramienta efectiva a largo plazo.

Estas son algunas de las agresiones que hemos denunciado públicamente, hay otras que no se sacan a la luz porque las personas agredidas temen la exposición pública o simplemente no confían en que denunciar vaya a tener una utilidad contra las violencias que se ejercen contra sus cuerpos desde que transitan el espacio público en este país, y en particular el transporte público. Luego está la violencia policial ejercida a través de las redadas y las identificaciones por perfil racial, que se dan en buena proporción en las estaciones de autobús. Pero sobre cómo los “controles aleatorios” por parte de los cuerpos policiales acaban limitando la disposición del espacio público hablaremos otro día…

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