El espacio público (no) es nuestro, (no) nos pertenece: El control racial en la disposición del espacio público (II)

“La semana pasada presencie una redada racista por parte de la Policía Nacional, pararon un autobús que iba a a Zaragoza desde Madrid. Entraron y pidieron documentación, decían que era un control a viajeros y que solo la debían entregar aquellos a los que se la pidieran. Resultó que solo la pidieron a seis personas y todas ellas racializadas. Era media noche. Bajaron a comprobar su documentación e hicieron fotos a sus documentos”, explica Belén a Es Racismo.

“Estaba en la estación de autobuses de Méndez Álvaro y grabé esto porque me chirriaba la situación. Los chicos, moros, acababan de llegar en un bus y se dirigían a la salida de la estación cuando fueron interceptados por policías secretas y obligados a identificarse, a ser cacheados y vaciar todo lo que llevaban en sus maletas que tuvieron que rehacer ellos mismos. Al final se marchan riéndose e imitando a uno de los chicos, quizá por su nerviosismo”, comenta Fátima a Es Racismo.

Hace unos días participaba en unas jornadas organizadas en torno a la cuestión de las fronteras, entendidas estas no solo como un dispositivo que genera una separación entre lo que hay dentro y lo que hay fuera de ella, es decir, una categorización humana, pues la frontera sur de España separa el Sur del Norte global, sino también, como dispositivo móvil. La frontera es física, es notoria, es violencia, es deshumanización y es un espacio donde se da con frecuencia la pérdida de vidas, muertes generadas por la idea que sostienen: quién tiene el derecho a la vida. Pero la frontera también se mueve.

Dentro de una frontera física que delimita, nos encontramos quienes, siendo del Sur global, hemos conseguido superarla por uno u otro modo, pero una vez dentro hallamos mecanismos del Estado que funcionan de la misma manera. Lo que leemos arriba son denuncias que nos han llegado en los últimos días a Es Racismo a cerca del control policial sobre los cuerpos racializados, una práctica institucional que incide directamente en cómo las personas, objeto y objetivo de esta, interpretan después la disposición del espacio público.

En el momento en el que hay racialización es posible el uso de perfiles raciales.

Antes de hablar del modo en el que opera el control policial y las consecuencias que genera, es necesario señalar los cuerpos que entran en disputa en la desigualdad de poder que genera esta práctica. Por un lado, el cuerpo policial, un “cuerpo corporativo que actúa como representante de la seguridad determinando qué es y qué no es seguro, en base a mandatos políticos que garantizan el “orden público” que los Gobiernos determinan”, como explicó recientemente en una ponencia sobre perfil racial Ainhoa Nadia Douhaibi, educadora social e investigadora de los dispositivos racistas del Estado. Y, por otro lado, los sujetos racializados en la inferioridad, que entran en esta relación de poder como sujetos sometidos a redadas y persecuciones construidos desde categorías sociales basadas en la idea de raza. Esta idea jerarquiza a personas y grupos sociales a los que atribuye toda una serie de características sociales, culturales y físicas compartidas, al tiempo que establece una diferenciación, primero con el resto de la población blanca española y, segundo, entre las personas no blancas. En el momento en el que hay racialización es posible el uso de perfiles raciales.

Dicho esto, es necesario desarrollar la forma en la que se da este control para poner de manifiesto las implicaciones que tiene en el refuerzo del racismo institucional y a su vez visibilizar las consecuencias que genera sobre quienes actúa.

En este proceso, sin caer en generalizaciones, las personas que viven las identificaciones por perfil racial pasan de la normalización a la toma de conciencia. Es decir, hay proceso inicial, en parte debido a la asunción del rol del agente como garante de seguridad. Se asume que el suyo es el proceder rutinario con todo ciudadano o ciudadana de este país. Sin embargo, cuando se es identificado de manera reiterada, cuando vas con tus amigos blancos y te paran solo a ti o cuando en un período corto de tiempo eres identificado en numerosas ocasiones, empiezas a cuestionar la discrecionalidad del agente de policía. Te preguntas ¿Por qué a mi?

Inevitablemente esto te lleva a repensar el significado del “espacio público”, como comenté en una publicación anterior, no todo el mundo tiene la misma capacidad de transitarlo. Desde ahí se hace un cuestionamiento al significado de “seguridad” en su conjunto. Mientras que para una población que no es constantemente parada por el perfil racial la policía representa la seguridad, para quienes se ven expuestos a estas prácticas discriminatorias, la policía es lo opuesto, es decir, inseguridad.

Las redadas e identificaciones por perfil racial son parte del engranaje del racismo Institucional, anteceden a la privación de libertad en un CIE y una posterior expulsión del país.

Hasta aquí me he centrado en un control que afecta a personas con una situación administrativa regular, porque en caso contrario la indefensión no solo es mayor sino que el riesgo se incrementa exponencialmente. En este último caso se observa con más claridad el funcionamiento del racismo institucional, donde las redadas e identificaciones por perfil racial son parte del engranaje que antecede la privación de libertad en un Centro de Internamiento de Extranjeros y una posterior expulsión del país.

No obstante, tener la nacionalidad no exime de sufrir paradas racistas, mostrar tu DNI tampoco sirve como garante de un trato no discriminatorio, como sucedió con las Coordinadoras para la Implementación del Decenio Afrodescendiente para las Naciones Unidas en España. Acudieron a Madrid a dar una formación sobre el uso del perfil racial en la Policía y fueron identificadas en un control racial en El Barrio de Lavapiés, al mostrar sus documentos de identidad españoles los agentes les negaron la pertenencia por su color de piel, además de proferirles insultos racistas, sexistas que le costaron a la Policía Nacional una denuncia ante la ONU.

En un plano individual, ser identificado, genera toda una serie de secuelas psicológicas, hemos contado con anterioridad otras experiencias que nos hablan de cómo el corazón llega a latir más deprisa al percibir la presencia de un agente a sabiendas de que te va a parar, la intranquilidad y ansiedad constante e insana que generan. También se dan consecuencias físicas, con frecuencia estas identificaciones atentan contra la integridad de las personas que son humilladas en público, obligadas a desnudarse, a ser cacheados en sus espacios de ocio, trabajo, en sus vehículo o delante de sus hijos. Todo esto conduce a su consecuencia última, evitar la calle, las plazas públicas que cualquier otra persona transita con normalidad, encerrarse en casa… en definitiva, una limitación de movimiento para evitar correr los riesgos que implica transitar la vía pública.

Esta práctica policial es un dispositivo de transmisión de seguridad para quienes no la sufren por su condición racial, para esa población el mensaje es claro: “tranquilos, la policía está trabajando por su seguridad”.

Es importante confrontar las argumentaciones que se dan desde las instituciones para negar la existencia del uso del perfil racial. Su argumento más repetitivo es la escasa existencia de denuncias a través de los diferentes procedimientos ordinarios que existen para ello. La respuesta es sencilla, no todo el mundo tiene la capacidad de denunciar y quienes la tienen no confían en que denunciar sirva de algo. ¿Sirve denunciar a la institución cuando es la institución la que da legitimidad y capacidad de identificar bajo esa arbitrariedad?

Hablaba al principio de la percepción del cuerpo de policía y la “seguridad” percibida por parte de quienes son objeto y objetivo de las identificaciones. Esta práctica policial es un dispositivo de transmisión de seguridad para quienes no la sufren por su condición racial, para esa población el mensaje es claro: “tranquilos, la policía está trabajando por su seguridad”. En consecuencia, la policía crea la peligrosidad del identificado (racializado) en oposición de quien no tiene que ser identificado. Es decir, se legitima la criminalización racial,  que como también explicó Ainhoa Nadia, es la “creencia extendida de que una determinada identidad racializada es más proclive al crimen y la delincuencia que otras. Indica la existencia en el imaginario criminal asociado a un grupo racial”.

Esta criminalización, alimenta a la vez que normaliza la discriminación, se genera una indiferencia en el espectador, que con frecuencia se traduce en impunidad del agente. La exhibición de las paradas por perfil racial refuerzan el estereotipo que tienen las personas blancas españolas al asociar criminalidad con determinados grupos raciales. Mientras que las personas identificadas se hallan entre el miedo y soledad a pesar de verse rodeados de personas.

Esta práctica que tiene lugar dentro de las fronteras españolas sirve para recordar quién pertenece y quién no. Hay una policía para la mayoría de la población que busca garantizar su seguridad y la percepción que de esta tienen, pero eso solo es posible a través de la criminalización de otros cuerpos para quienes la policía es sinónimo de desconfianza, miedo e inseguridad.

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