La noche del martes 17 de junio, alrededor de las 23:15, varios agentes de Policía Municipal de Madrid —uno fuera de servicio y otro jubilado— acabaron con la vida de Abderrahim, un joven de origen marroquí de 36 años, en un nuevo asesinato racista.
Estamos hablando de, al menos, la tercera muerte a consecuencia de actuaciones policiales estos meses tras la muerte de Mammoth en Sevilla, de Abdoulaye en Gran Canaria y, ahora, Abderrahim. Justo cuando se cumplen ahora tres años de la Masacre de Melilla en la que murieron cerca de 40 personas, decenas desaparecieron y cientos fueron devueltas ilegalmente de España a Marruecos por parte de la Guardia Civil.
Según varios medios de comunicación, así como las informaciones de testimonios que han llegado a nosotras, el joven habría sido asfixiado hasta la muerte a pesar de la oposición verbal de vecinos y testigos de los hechos, como además se puede comprobar en los videos que circulan en RRSS. En uno de estos videos se escucha a varias personas pedir a los agentes que por favor le dejen respirar, sin que hagan caso alguno. De hecho, uno de los agentes le practica una maniobra de contención que resulta mortal, mientras que el otro se sienta sobre su cuerpo ya inerte. Un supuesto hurto es la justificación esgrimida. De hecho, en los videos registrados se escucha a uno de los agentes justificar que están actuando así porque, supuestamente, Abderahim había sustraído un móvil.
Según las informaciones recopiladas, estos dos agentes habrían seguido a Abderrahim hasta darle caza en la calle Pesquera donde lo golpearon para caer sobre él e inmovilizarlo. En las imágenes se observa a un joven de complexión débil, frente a dos agentes que lo doblan en cuerpo. Según varios testigos y grabaciones difundidas, en ese momento le sujetan el cuello con el brazo hasta estrangularlo, pese a las súplicas de los presentes. Abderrahim perdió el conocimiento y murió tras estar en esa posición cerca de 10 minutos, según testimonios. En una muerte que recuerda al asesinato de George Floyd.
Cuando llega la Policía Nacional, Abderrahim estaba en parada cardiorrespiratoria. A pesar de los intentos por reanimarlo por parte del Summa-112 durante más de 30 minutos, falleció allí. En consecuencia, el agente de 58 años que realizó el estrangulamiento fue detenido en el acto por homicidio y conducido a dependencias policiales para pasar a disposición judicial. También se ha solicitado su prueba de alcoholemia y toxicológica, para contrastar las versiones que sostenían anomalías en su conducta durante la actuación.
Se trata de un acto violento, letal, ejercido por un agente que, aun estando fuera de servicio, usó su condición para desencadenar la muerte de Abderrahim. Este suceso no puede interpretarse como consecuencia de una detención que salió mal: refleja tensiones más profundas entre el uso de la violencia institucional, la vulnerabilidad sobrellevada de los cuerpos racializados, y la ausencia de límites para quienes detentan el poder y la fuerza.
La muerte de Abderrahim plantea reflexiones urgentes:
- El uso desmedido de la fuerza cuando se trata de personas racializadas. La aplicación de una técnica de estrangulación en una detención —sin que consten altercados previos ni resistencia activa del detenido— encierra un riesgo evidente para su integridad física. No es la primera vez que somos testigos de actuaciones policiales desmedidas que acaban con la vida de personas racializadas. Recientemente, asistimos a una actuación de la policía en el barrio de Lavapiés que acabó con un joven racializado inconsciente tras ser agredido por la policía y, sin permitir que fuera atendido por el servicio sanitario, fue trasladado en coche patrulla a comisaría. Su detención fue considerada ilegal por parte de una jueza.
- Racismo institucional normalizado en la práctica policial: aunque se trate de describir lo sucedido como anecdótico y puntual desde sindicatos policiales, instituciones públicas y determinados espacios que llegan a justificar la actuación mortal, llevamos tiempo alertando que no son casos aislados. Los colectivos y organizaciones antirracistas sabemos que no lo son, que lo que ha funcionado aquí ha sido un racismo estructural e institucional que se manifiesta a través de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, incluso fuera de servicio, y que esta es una forma normalizada de control sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas.
- Impunidad encubierta: este caso vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de cuestionar el modelo policial y la legitimación institucional que el racismo hace de la violencia que padecemos en el Estado español.
- Por último, no queremos dejar de mencionar el rol de unos medios de comunicación que se han centrado es hablar del hurto, como si fuera suficiente motivo para matar a alguien, así como el origen migrante de Abderrahim, evidenciando una vez más la connivencia de determinados medios de comunicación y determinado periodismo con el racismo institucional. Poniendo el foco en las víctimas, cuestionando su humanidad, dignidad y sus derechos más fundamentales.
La urgencia nos convoca en Callao el viernes 20 de junio a las 19:00 por Abderrahim, pero no solo por él. Estos días se cumplen tres años de la Masacre de Melilla, que al igual que la Masacre de Tarajal en 2014, se saldó sin responsabilidades políticas ni judiciales, la más reciente de ellas bajo un gobierno progresista, evidenciando el carácter sistémico del racismo.
También estamos aquí por Mammoth, Abdoulaye, Mame, Brian Ríos, Elhadji Ndiaye, Eleazar Fernandez, Manuel Hernandez, Ilias Tahiri, Younes Slimani, Lucrecia Pérez… y una larga lista de crímenes racistas cometidos por fuerzas y agentes de seguridad estando fuera o dentro del servicio. No son hechos aislados, son vidas segadas por un racismo estructural y por ello no solo exigimos verdad, justicia y reparación, también poner fin a un sistema racista que nos conduce a la muerte.
El racismo policial también mata fuera de servicio: Justicia para Abderrahim
