El enemigo a la medida


Lo que ocurrió el 15 de marzo en Nueva Zelanda, por macabro y despiadado que sea, no ha sido nada inesperado. Nuestras mezquitas llevan siendo atacadas en menor o mayor grado desde hace mucho, incrementándose estos ataques paulatinamente a nivel mundial gracias a la impunidad.

Esto se ha ido avisando a través de innumerables informes sobre islamofobia que cada país ha ido emitiendo año tras año, casi siempre por organizaciones de la sociedad civil musulmana. Si las pintadas, sus mensajes, los incendios provocados o los cócteles molotov no tienen consecuencias, como sociedad mandamos un mensaje de impunidad y contribuimos a la normalización de la deshumanización de todo el colectivo que reza en estos oratorios o mezquitas.

Para los islamófobos las mezquitas representan a todos los musulmanes y musulmanas, sean practicantes o no. Y para la gente musulmana en general, las mezquitas representan un bien espiritual y emocional, de forma que cada uno de estos ataques lo sentimos como un ataque al propio corazón.

Nuestras mezquitas llevan siendo atacadas en menor o mayor grado desde hace mucho, incrementándose estos ataques paulatinamente a nivel mundial gracias a la impunidad.

Mientras se hablaba e invertía en combatir el discurso de odio de bandas terroristas de pretexto religioso, los y las musulmanas denunciábamos las constantes amenazas y humillaciones públicas de todo tipo: mediante pintadas, artículos en prensa, redes sociales, protocolos oficiales, documentales de televisión, libros de texto, diccionarios, masters universitarios, memes, etc.

El problema es que no se ha querido tratar la cuestión securitaria con objetividad, se nos ha callado, se nos han cerrado espacios porque pedimos objetividad y neutralidad en el lenguaje. Molestamos. Mejor que hablen ellos por nosotros, que saben más y mejor.

De hecho, el primer artículo con la palabra “islamofobia” del día después de la tragedia lo escribe la misma persona que participa en los informes periódicos sobre terrorismo de pretexto religioso con títulos como “marroquíes y segundas generaciones entre los yihadistas en España”. Es decir, se le presta el espacio a quien nos estigmatiza año tras año, en vez de darle voz a las comunidades y personas musulmanas, visiblemente las más consternadas y tocadas desde ese 15 de marzo, solo hay que ver nuestras redes o mantener una conversación con nosotras.

Se ha puesto todo el empeño en regalarle al terror toda una fe, el islam; en atribuirle unos orígenes, Oriente Medio, Norte de África y partes de Asia; unas características físicas, unos nombres, árabes o islámicos, etc. Los promotores de la cuestión securitaria se han confeccionado un enemigo a la medida y nos han deshumanizado a nivel global. Todos los que han asociado el islam al terror, la prensa, la televisión, los políticos, las formaciones institucionales y privadas, todos ellos han ido aportando su granito de arena para generar esa construcción del enemigo a la medida, sumada a la impunidad de los discursos y delitos de odio.

Ha pasado que los perpetradores no se corresponden con el enemigo construido ni estudiado, a pesar de nuestras innumerables advertencias.

¿Qué ha pasado en Nueva Zelanda? Ha pasado lo mismo que en Pittsburg, lo mismo que en Quebec, lo mismo que en Londres, lo mismo que en Minnesota, lo mismo que en Utoya. Ha pasado que los perpetradores no se corresponden con el enemigo construido ni estudiado, a pesar de nuestras innumerables advertencias.

Algunos sectores deberían tomar nota y dejar de estigmatizar a los colectivos elegidos para culpabilizarlos y empezar a estudiar de verdad y con objetividad las cuestiones de la radicalización violenta y el terrorismo. Esto pasa inamoviblemente por devolvernos nuestras palabras y sacarlas de todo aquel lugar en el que nunca se toleraría que se pusiera “cristiano” o “judío”.

Nueva Zelanda es un “país occidental” con un contexto similar al europeo y esto debiera servir de advertencia para evitar cualquier tipo de amenaza a los derechos y a las vidas humanas, independientemente del nombre, origen o confesión de los implicados y a no seguir jugando al enemigo a la medida.

A los pocos días de la tragedia, escuché a alguien hablar de “terrorismo blanco”. No tiene ningún sentido y a la vez lo tiene todo. El islamizar el terror en el imaginario colectivo ha generado que miles de musulmanes nos hayamos tirado más de quince años condenando actos ajenos en espacio y sobre todo en moral a nuestra persona. Hicimos tan nuestro el #NoEnMiNombre en nuestros subconscientes, que ahora, cuando las vidas perdidas en manos supremacistas radicalizadas a la vista de todos, son musulmanas, nosotros los musulmanes, seguimos emitiendo condenas.

¿Podemos pedirle a las personas blancas o cristianas que condenen un atentado miserable simplemente porque este haya sido cometido en nombre de su “raza blanca” y con un manifiesto que instrumentaliza a toda la fe cristiana? No. Ni queremos. Porque mejor que nosotros, nadie sabe lo que es tener que pedir perdón solo por compartir presuntamente alguna característica con el enemigo construido a la medida de turno.

Hace tiempo que nos dimos cuenta y dejamos de utilizar el #NoEnMiNombre. Muchos nos percatamos de haber sufrido una especie de culpabilidad compartida e inexplicable. Esa culpabilidad inconsciente se nos está inoculando a través del expolio de nuestro vocabulario sagrado para convertirlo en satánico cuando no es a través de peticiones de colaboraciones que mezclan derechos humanos y terrorismo para luego derivar en algo islámico.

Nosotros no le vamos a regalar la blanquitud o la fe cristiana a un asesino o asesinos, pero estaría bien que se volviese a musulmanizar a los musulmanes y a usar la deshumanización con los terroristas, sean del color que sean.

Y para finalizar, recordar que la islamofobia ni siquiera está tipificada en España, ni como agravante en el Código Penal ni en los informes anuales de delitos de odio emitidos por la Oficina Nacional de Delitos de Odio del Ministerio del Interior que no disgrega los datos en el apartado “intolerancia religiosa” y cuando se le han solicitado los datos, nuestros representantes han dicho públicamente “que no hacía falta”, cerrando cualquier vía oficial de observación del fenómeno. Estos últimos hechos debieran hacer repensar profundamente a lo que puede llegar el odio anti-musulmán con cada vez más seguidores.

Por Aurora Ali

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